Las series echan ya el cierre veraniego, algunas de ellas sin saber si volverán, o por lo menos, sin querer desvelarlo. A pesar de la confusión creada por la página web de la cadena emisora, y repetida por aquí desafortunadamente, ayer se emitió en nuestro país el último capítulo de la sexta temporada de House. Y como si fuese una sensación obligatoria cada vez que veo el final de una serie, la desazón y la frente arrugada últimamente están aseguradas cuando llegan los título de crédito.

Se despide el doctor más antipático de la televisión, sin saber si regresará una temporada más, y a mi me huele a más de lo mismo. Gregory House y plantilla llevan seis años tratando enfermedades rarísimas, salvando a enfermos moribundos e incluso jugando, ellos mismos, a ser pacientes. Todo ello se adereza con alguna trama romántica, un empleado “víctima” de los juegos del Doc y un amigo tan necesario como prescindible, en un intento de aportar dramatismo a la inaptación social del contadas veces tierno galeno. Y así transcurre la vida, cansina para el propio Hugh Laurie, que en numerosas ocasiones ha dicho que la cojera y la distancia de su Oxford natal le animan a matar a la gallina de los huevos de oro, más que a darle calor.

El capítulo en sí mismo, “Help Me” me chirría desde el flash-back, cuando vemos, ¡por primera vez en seis años! (acepto correcciones de fanáticos), al Doctor fuera del hospital, trabajando sobre el terreno. A partir de ahí, el cojito se nos mete entre escombros, entabla amistad con una paciente y discute con quién tiene que discutir, creando así los ingredientes necesarios para que el dramatismo y la tensión con los que todos afrontamos la escena final estén en su punto álgido. Y es todo eso lo que me decepciona, el no saber aceptar que la trama no tiene más vueltas, el ser originales a base de situaciones no creadas ¡en seis años! y el seguir depositando la tensión en la misma relación, en el mismo sinvivir que ya hemos vivido en multitud de ocasiones.

Supongo que los creadores también han sido conscientes de ello, porque esta temporada tiene dos capítulos menos que las anteriores. Sin embargo, se lo podían haber pensado mejor, y haber acabado en el penúltimo, que es el que verdaderamente merecía la pena. Y es que la ambientación, los diálogos y el toque teatral de “Baggage” es de lo mejorcito que hemos visto en esta, de momento, última temporada que comenzó prometiendo con el médico en el loquero, y se desinfló conforme avanzaban los capítulos. Y es que la medicina es lo que es, y por mucho que la Dra.Cuddy diga que “sus vidas avanzan”a mi me da la sensación de que “la vida sigue igual”.

No hay nada confirmado, pero yo apostaría por una séptima temporada de montaña rusa “amor-odio-amor” en la que muy probablemente House se convierta en el ser humano que la sociedad quiere, y no el que me gusta. Qué se le va a hacer, los bordes con sobredosis de sinceridad nunca estuvimos bien vistos. Por cierto, un saludito para el programador de Cuatro, y para la cadena en general, porque intentado ver las series en televisión me reafirmáis en mis ideas: la televisión es un asco, está comandada por gente que no siente ningún respeto por lo que emite y sólo piensan en la pasta. Porque más allá de que la esencia de algo esté en su versión original, tampoco ayuda cortar (para emitir una cantidad insultante de anuncios) en los mejores momentos, ni añadir promos absurdas que confunden al espectador.

Que ya está bien.

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