Imaginemos que un día nos despertamos en un hospital, por la razón que sea, y poco a poco nos damos cuenta de que hay algo que no funciona. Las flores se han secado, la enfermera no responde a las llamadas y en los pasillos, por no haber no hay ni luz. O casi. Porque con la poca que queda tras la desaparición de la energía, al fondo del pasillo podemos ver un cadáver en el suelo. Pero no es un cadáver cualquiera, sino un muerto que alguien ha usado para merendar. Muy probablemente, al igual que Rick Grimes, en cuanto tuviésemos un ratito nos abofetearíamos y nos diríamos a nosotros mismos “Esto es un sueño, esto es un sueño”. No lo es, es The Walking Dead.

No soy muy amiga de la ciencia-ficción, los zombies y todo aquello que no sea más real que la vida misma. Pero The Walking Dead viene precedida de una buena (y larga, yo pensaba que se había estrenado mucho antes) campaña de promoción, con paseo de zombies por Madrid incluido, el respaldo de una cadena que últimamente no hace nada mal, la AMC y un estreno que respaldaron 5,3 millones de telespectadores, el más visto de la cadena en toda su historia. La que muchos denominan como “la nueva HBO” tiene como eslogan “Story Matters Here” y desde hace dos décadas demuestra que  hay muchas formas de contar las historias, y apuestan decididamente por las series. En la portada de su página web podemos encontrar los cuatro ases en la manga de una cadena que ha cosechado diecinueve de sus veinte Emmys en los últimos tres años: Breaking Bad, Mad Men, Rubicon y la historia de zombies que nos ocupa de hoy.

The Walking Dead es una adaptación de Frank Darabont (el director de la fabulosa The Shawshank Redeption) del cómic escrito por Robert Kirkman y dibujado por Tony Moore y  Charlie Adlar a partir del número siete.El inglés Andrew Lincoln, al que las románticas recodamos en un papel muy distinto en Love Actually, interpreta al protagonista Rick Grimes, un asistente de sheriff en una pequeña ciudad del estado de Georgia que una mañana se despierta en un hospital y se encuentra el panorama antes descrito. A todo ello hay que sumarle que no encuentra a su mujer y su hijo y que toda la compañía humana viva con la que se tropieza se limita a un hombre y su vástago, que le informan que si hay seres vivos en algún lugar, deben de estar en Atlanta.

Me sorprende su fotografía, sus planos pausados y detallistas y su acción, menor de los esperado de una serie de zombies, sus cambios de ritmo y la sensación de que, aunque sólo son seis capítulos, nada se va a contar deprisa. Aquellos que quieran  muertos y planos en cada secuencia, quedarán insatisfechos, Frank Daramont ha hecho una serie de zombies, si, pero también un drama. El director de origen húngaro no sacrifica ninguno de los sesenta minutos que dura cada capítulo para dedicarlo a imágenes más o menos sangrientas, lo que no quiere decir que no las haya, pero sí para pararse a mirar a los muertos vivientes a los ojos o para que el espectador se ponga en la piel de un Andrew Lincoln que por cierto me ha sorprendido gratamente.

Parece que también se pueden contar historias de muertos vivientes y ponerle sentimiento.

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