Sí, me ha costado, pero lo he dejado claro en el título, no sé si para llevar la contraria a todos aquellos que dicen que es la mejor serie del año de HBO o para desmotivar  a los que anoche se sentaron frente al estreno de Canal + y se quedaron maravillados con sólo ver su entrada, tan simbólica, tan atractiva, tan onírica… A mí me pasó lo mismo, pero la brillantez introductoria, la fiel recreación histórica y el atractivo de ciertos personajes se disuelven cuando la temporada termina, las cosas no han cambiado demasiado y lo único que tu cabeza repite es “Sí, pero…” Vaya por delante que Goodfellas, Once Upon a Time in America y Casino sean probablemente para mí las mejores películas de su género y yo las adoro por ello. Pero con las historias de Nucky Thompson me he perdido, preguntándome si quién realmente tiene la sartén por el mango es Mrs. Schroeder, si era necesario irse a Chicago a pasar un ratito con Al Capone o si para retratar una sociedad en la que los principios y las acciones caminan por rutas antagónicas hacen falta tantas tetas, tantas apariencias y tantos frentes sin cerrar.

Boardwalk Empire no es una mala producción, no quiero decir eso, pero a muchos les sirve con las letras del principio de cada capítulo (HBO) y ese característico “disturbio” del comienzo para calificarla como el clásico del año. Para mí, más allá de que si otros años no escogimos clásico no sé porqué deberíamos hacerlo este, es una falta de respeto para aquellas series que con menos presupuesto, menos nombre o menos avales (Scorsese sé que estás ahí) no están bendecidas, y por tanto consagradas, por una cadena a la que la AMC hace tiempo que le ha tomado ventaja. A la historia de  Terence Winter, escritor y productor de The Sopranos, nadie le gana en recreación, por muy criticada que haya sido la pulcritud del famoso paseo marítimo, calidad interpretativa de alguno de sus personajes, como el de Jimmy Darmody, el Agente Van Alden o la mencionada Mrs. Schroeder, y planteamiento argumental. Pero para mí no se resuelven con acción ni con interés, sino que se despliegan a lo largo de doce episodios para volver (o casi) a su estadio inicial sin los sobresaltos esperados en una producción de gánsters, corrupción y contrabando.

Quizá las expectativas eran demasiado altas; si sumas gánsters más película todos recordamos grandes productos cinematográficos, así que si añadimos a la ecuación HBO y serie de televisión debería haber nacido “el producto”. Pero en realidad nos encontramos con grandes interpretaciones en una historia que gira sobre sí misma vanagloriándose de su originalidad sin ofrecer al espectador momentos irrepetibles ni en su fondo ni en su forma. Vaya desde aquí mi recomendación para todos aquellos a los que la mafia y la perversión política les muevan a una librería o un cine y no tengan prisa por obtener satisfacciones personales. Para los demás, el encanto de Boardwalk Empire reside en su localización, tanto física como temporal: Atlantic City y los años 20, la ley seca y la gran época de la mafia. Y no es lo mismo originalidad que brillantez, ni siempre fueron de la mano.

Cada cual es muy libre de encumbrar lo que quiera, pero mantengamos el respeto por los tres o cuatro dioses televisivos que cada uno tiene y que nos trajeron aquí. Y por aquellas producciones que siendo de la misma cadena la crítica se empeña en olvidar.

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