Sorprendida aún por la ausencia de nominación para la tercera temporada de Breaking Bad en los Globos de Oro, el SAG, o sindicato de actores americano, confirma la falta de memoria de todos aquellos que organizan entregas de premios. Y es que la desventaja de una de las joyas de la corona de la AMC es que puso fin a sus capítulos hace casi seis meses, y tanto para los críticos como para los actores el final de Boardwalk Empire o The Walking Dead queda mucho más cerca. Allá ellos, yo desde aquí os animo a ver esta serie y a disfrutar de sus más de treinta episodios, a conocer a Walter (Bryan Cranston) y su particular familia, a Jesse Pikman (Aaron Paul) y su singularidad individual, y atodos aquellos personajes con los que se puedan cruzar en el caluroso y árido Nuevo México. Sí, en ocasiones se parece a Agrestic, pero Heisenberg nunca será una MQF como Nancy.

Porque Breaking Bad no es otra historia de camellos aparentemente normales que buscan sobrevivir. No, porque todos sabemos muy pronto que Walter, probablemente, no lo hará y lo que busca es “proveer” a su familia de los bienes necesarios cuando no esté. Mucho dinero para un profesor de química de instituto, al que le llega la inspiración mientras su cuñado, que es de la DEA, habla de su última redada. Sumemos a esto una mujer embarazadísima, y la consecuente criatura, un hijo con parálisis cerebral y una cuñada cleptómana, y obtendremos un moderno reflejo de la realidad americana actual en la que está bien que tu jefe defraude a Hacienda pero no que tú marido se juegue la vida en pos del futuro.

Jesse Pinkman, por su parte, madura por momentos. Con “bitch” permanentemente en la boca, Jesse lucha por acabar con algunos de sus fantasmas mientras se adentra en un negocio que una y otra vez le rechaza, que una y otra vez le maltrata. Del cafre que Walter se encuentra por casualidad en el primer episodio al joven comprometido que pelea en la season finale hay poco más allá de la claridad mental que otorga la abstinencia y la experiencia que aporta la calle. Capítulo a capítulo se hace inevitable no querer a un joven que ante todo ha demostrado fidelidad, honestidad y compromiso. A pesar de que sigue siendo un desastre.

A lo largo de las dos primeras temporadas el espectador acompaña a Walt a consultas médicas y citas con traficantes, asesinatos, inesperados encuentros familiares, bufetes de abogados escasos de moralidad, clases, museos, lavanderías, restaurantes de comida rápida, fiestas inevitables, escapadas de fin de semana, accidentes de avión, comisarías de policía y, se me olvidaba, el desierto. La vida “normal” de alguien que lleva dos vidas, una como Heisenberg, otra como Walter White. Pero en la tercera las cosas se ponen más serias, las reglas del juego han cambiado, los jugadores también, y el que reparte ya sabe quién ha hecho trampas.

Los cuatro últimos capítulos de la temporada final son, probablemente, las tres mejores horas de televisión del último año y de hace mucho tiempo en el mundo de las series. No se trata de un buen capítulo final, ni de poderosos cliffhanger´s finales, no, esto empieza en el décimo episodio, en el que sólo participan los dos protagonistas y una pesada mosca. Simplemente sublime, más propio del teatro que de la gran pantalla. A partir de esa sesión de sentimientos que hay que dejar escapar y de preocupaciones irresolubles, uno siente cómo se une aún más al destino del cocinero y su joven ayudante, cómo la intensidad se refuerza, los personajes toman medidas y son consecuentes con ellas.

Poco más puedo decir para que dentro de unos minutos os lancéis a buscarla en Internet, a pedirle a vuestro vecino que os invite a cenar cuando la echen en Paramount Comedy (miércoles 22:20 según su web) o a que inundéis de correos a no sé muy bien quién, bueno sí, al responsable de que los Dvd´s de ciertas series vean la luz también en nuestro país. Pero haced el favor de verla. Porque cuando lo hagaís estaréis viendo otra forma de ver la vida. En muchos sentidos.

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