Me sumergí en la Abadía de Downton por la curiosidad de saber si guardaba el alardeado parecido con Gosford Park que todo el mundo predica, y aunque la respuesta no ha resultado ser la esperada, o por lo menos no para mí, no dejarán de interesarme las noticas de la familia Crawley. Y es que Downton Abbey es esa serie que nuestras abuelas veían después de comer, a la que tu madre se enganchaba por tener algo de qué hablar y que años después descubres que hasta tu novio veía simplemente por no ser excluido de su grupo de amigas. Downton Abbey es un culebrón, como lo fue “La Dama de Rosa”, “Topacio”, “Cristal” y cualquier otra serie con nombre de mujer y mineral. Pero es un culebrón necesario, y además, bien hecho.

Porque todos, de una manera o de otra, siempre necesitamos nuestra dosis de intriga (palaciega o no), engaños, mentiras, amor, incomprensión y odio, da igual que se sitúen en un pueblo del desierto de Nuevo México o en la lustrosa y verde campiña inglesa, en esta época o en el siglo pasado, el ser humano vive para preocuparse por la vida de los demás. Y para eso está Downton Abbey, para cubrir nuestra cuota de chismorreo necesario, ya sea aquí, con tu madre o con algún compañero de “fiebres”, para demostrar que el género al que dio nacimiento la mítica Upstairs, Downstairs no ha muerto, y que existen en Inglaterra ganas de que no lo haga, con una exquisita producción y unas interpretaciones excelentes.

Localizada en el Highclere Castle de la localidad de Hampshire, Downton Abbey cuenta las idas y venidas de la familia Crawley y sus sirvientes, a cada cual más retorcido, más cruel, más mentiroso y más perverso. Bueno, casi todos. Por parte del Conde de Grantham nos encontramos a un sufrido cabeza de familia cansado de lidiar con  todas las mujeres que le rodean, estas son, su madre, su mujer y sus tres hijas. Porque muy probablemente si hubiera podido tener un hijo Downton Abbey no existiría. Pero continuando con la trama, tan importantes como los amos son los lacayos, que no comparten estirpe pero sí demasiado tiempo juntos, además de las ansias por entorpecer el camino del, a veces, compañero.

Tan sofisticada, elegante y británica como Pride and Prejudice, la producción de Carnival Films y NBC Universal es menos agobiante que The remains of the day y no tan atrayente como Gosford Park, pero es una muestra perfecta de que también se hacen grandes series de época. Los actores, casi todos desconocidos más allá de la pequeña pantalla británica, realizan un trabajo tan elegante, tan correcto y tan perfecto como cabría esperar de cualquier británico, ya sea ficción o realidad. La maldad rebosante y la rara bondad necesarias en este género no entienden de clases sociales y los amantes de hermanas, o suegras, deseosas de lanzar cuchillos disfrutarán de lo lindo en éste acogedor, pero por supuesto patriarcal y clasista, hogar.

Se avecina la I Guerra Mundial y la segunda temporada está asegurada, pero el tiempo de espera se antoja excesivo, ya que empiezan a grabar en un par de meses. Y yo acabo de descubrir que la primera sólo tiene siete episodios y he dejado el final colgando. Como dijo la Condesa Viuda de Grantham (grande Maggie Smith) “… siempre pensé que la familia (o la serie) se aproximaba a la disolución. Lo que no sabía es que la disolución ya estaba entre nosotros.”

Aunque como descubrirá el Conde Grantham, a veces es mejor no saber.

P.D: Por cubrir mi necesaria dosis de chismorreo, el Sr. Jim Carter, que encarna al servicial Charles Carson, es esposo de la siempre sobresaliente Imelda Staunton.

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