Debe ser maravilloso estar rondando los cincuenta y darte cuenta que estás mejor que cuando eras joven. Yo también aspiro a eso, a que la tercera década sea mejor que la segunda… Y de la cuarta ya ni hablamos. Desde que te vi en el cole, por aquello de dejarnos ver la peli de un libro que teníamos que leer (Outsiders, Coppola tras la cámara, al teclado Susan E.Hinton), siempre me pareciste un guaperitas al que la pose de malote le quedaba forzada. Por mucho que tu vida lejos de las cámaras fuese continuo ir y venir de mujeres y amistades traicionadas, estaba claro que tu papel en la vida no era el de un pandillero: tefaltaba malicia en la mirada y te sobraba dulzor en la sonrisa. Y hasta que llegaron Californication y Eddie Nero yo pensaba que ya habías encontrado tu papel en la vida, y en la pantalla: el yerno perfecto.

Aunque naciste en Virginia y con el nombre de Robert Hepler Lowe, siempre has tenido el look californiano que mamaste desde que tus padres se divorciaron y os mudasteis al Westside angelino. Lo del nombre supongo que vino con el tiempo y las compañías, ya que estudiaste en el Santa Monica High School, el mismo lugar que Sean y Chris Penn, Emilio Estévez y su hermano Charlie Sheen y el otrora imprevisible Robert Downey Jr. Más que un instituto parece una reunión de amantes de la fiesta. Pero no te rodeaste únicamente de hombres ávidos de cerveza y futuras estrellas de pop, sino que labraste tu propio historial de rompecorazones (y robanovias) con nombres como Melissa Gilbert, Nastassja Kinski o la Princesa Estefanía De Mónaco. ¡OMG!

Profesionalmente, tras tu estreno como Sodapop Curtis en la ya mencionada Outsiders, vagaste por películas de reconocimiento desigual en las que tu trabajo no era suficiente para cubrir los escándalos que la prensa publicaba sobre ti. Mujeres, sexo, cintas de vídeo e infidelidades ocupaban más espacio en cualquier revista de lo que cualquier crítico empeñaba en valorar tu trabajo interpretativo. Y eso que en 1987 estuviste nominado a un Golden Globe.Aunque en 1991 sentaste la cabeza con la maquilladora Sheryl Berkoff, el respeto profesional no te lo ganaste hasta 1999. Mientras tanto tus cameos en la innecesaria trilogía de Austin Powers nos recordaban que no estabas muerto, aunque de repente desapareciste de todas las carpetas de quinceañeras.

Con el final de los noventa llegó la llamada de Josiah Bartlet a The West Wing y te convertiste en la imagen del adorable novio/yerno que todas queremos tener. Porque por un lado todas queremos un Sam Seaborn en nuestra vida, al que no le importe nuestro trabajo, por indigno que sea, luche por el triunfo de la oratoria y su fuerza para emocionar a las masas y mientras tanto ofrezca cierta imagen de fragilidad y bondad que lo peor que inspire sea una propisición de matrimonio. Por otro está su papel en Brothers&Sisters, donde regresó a la política para dar discursos, no escribirlos, en el papel del senador Robert McAllister, un amante de la política y aspirante a Presidente que consigue enamorar a Kitty Walker a base de romanticismo, algo de pasteleo y unas buenas dosis de patriotismo. Su triste final no es una cuestión valorable como hombre ideal.

Y tal y como pasara en la serie de la familia Walker, en la que tu personaje comenzaba siendo esporádico y consiguió, durante un tiempo, ser regular, desde 2010 te prodigas en Parks & Recreation, la muchas veces incomprendida serie de la NBC. Con la camisa y el pantalón de pinza como habituales, no habías perdido ni un ápice de la buena imagen labrada durante la última década hasta que la historia de Hank Moody llegó a tus manos y te convertiste en el Brad Pitt que nunca te dejaron ser. El cambio ha sido tal que hasta el Entertainment Weekly se pregunta si puedes permitirte ese look.

En fin querido, espero con ansia que retomes la senda de la corrección y vuelvas a tus trajes, tus camisas y tu aspecto de niño bien. Que la ficción nos devuelva al Rob Lowe que nos conquistó, que también fue el que se ganó el respeto de la crítica y el “casi” reconocimiento de sus propios compañeros. Porque cuando algo funciona, por mucho que te gustaría ofrecer otra imagen o ser otro tipo de persona, el mundo ya ha decidido qué es lo mejor de ti y qué es lo que quiere ver.

A mi también me pasa, corazón. Cuídate.

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