Friday Night Lights: ¿Preparados para el viernes noche?


La verdad es que tengo un montón de post pensados, algo que no se da mucho, y el que va por delante lo quería más tarde, cuando hubiese avanzado más capítulos. Pero no puedo. No puedo porque no quiero ver otra cosa que no sea Friday Night Lights. Debo reconocer que me daba una pereza infinita y que fútbol americano y Texas me parecían unos ingredientes demasiado americanos, valga la redundancia, para ser de mi gusto. Y lo son. Pero después de verme algo más de una temporada en un mes (bastante más de lo que esperaba) puedo decir que detrás de esas noches de viernes sudorosas y llenas de emoción hay mucho. Y muy bueno.

Porque aunque la América profunda y la fiebre incomprensible por un deporte son necesarios y evidentes en el argumento y en el alma de la serie (Texas Forever), detrás de Friday Night Lights hay un montón de cosas que te pegan a la pantalla sin saber cuándo parar. Porque hay una familia que sientes como tuya, los Taylor, unos jugadores de los que te enamoras, Saracen y Riggins, y unas mujeres a las que querrías como amigas Leyla y Tyra. Y sus problemas, muchos y diversos, que en más de una ocasión son nuestros y que a veces nos llevan a la lágrima por muy frío que uno sea. Sí, he dicho lágrima, si los tipos duros vais a salir de aquí y tachar la serie de vuestra lista de posibles, simplemente deciros que cometéis un error. Porque os perderíais fabulosas secuencias, cámara en mano, de como alguien puede llegar a la madurez haciéndose cargo de muchas cosas y sin quererlo, de como la vida nunca es tan perfecta como parece o lo difícil que puede ser tratar de no convertirse en un estereotipo más, ni para lo malo ni para lo molestamente bueno.

Friday Night Lights atesora unos diálogos brillantes, momentos llenos de un realismo que no recordaba desde la breve Tell Me You Love y una fiebre incomprensible por algo que une, más que físicamente, a un montón de gente diferente pero con una misma esperanza, el fútbol americano. Por mucho que uno aborrezca el deporte, sea del tipo que sea, o sienta cierto recelo ante algo tan poco común como es ese deporte de apariencia tan dolorosa, se verá recompensado por escenas y tramas que siempre hacen que esos minutos sean tan imprescindibles como los demás. Y puede que les pase como a mí que he llegado al tercer capítulo de la segunda temporada deseando que volviese a ser noche de viernes.

Aunque quizá a muchos esto ya os haya pasado, dado que esta maravilla de la televisión puso el punto final el pasado mes de febrero, dejando a muchos huérfanos de Dillon. No quiero sonar cursi si digo que Friday Night Lights es una serie que muestra grandes y dolorosos y geniales momentos de la vida de Texas. Si, he dicho eso, porque al igual que otras mostraron lo más crudo de la mafia de Nueva Jersey, lo más duro de la vida policial de Baltimore o lo despreciable del ser humano, en cualquiera de sus versiones, Friday Night Lights habla de la amistad, del amor, de los sueños y de las decepciones, de tomar decisiones y ser consecuentes con ellas. Y lo hace muy bien.

“Clear eyes, full hearts, can´t lose”

*Me había prometido a mi misma no escribir hasta la mitad de la serie, y por poco, no ha podido ser. Supongo que eso dice mucho de la serie. Y poco de mí, ya lo sé.

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