El próximo 26 de marzo Canal + estrena The Big C, serie de Showtime estrenada en el mes de agosto en Estados Unidos y que aquí han titulado “Con C mayúscula”. Arriesgándome a resultar repetitiva, no puedo dejar de reconocer que me dio mucha pereza empezarla. O quizá miedo. Y es que el cáncer da pereza como ingrediente de una trama (te llames como te llames) y miedo como enfermedad. Pero lo bueno de la aventura de Cathy Jamison es que como ella misma dice en el primer capítulo, un episodio brillante por cierto, esta etapa de su vida a la que todos asistimos es una comedia sobre la muerte o, me suena mejor, Death Comedy. Así que aunque no está en la Congregación de las Series Imprescindibles, pertenece al grupo de las necesarias.

The Big C es necesaria porque Laura Linney está espléndida en el papel protagonista, atravesando las distintas fases psicológicas y sociales que la barrera que una enfermedad tan dura impone, rozando la locura en un intento de desmelenarse por no abandonar este mundo creyendo no haber vivido lo suficiente. A su alrededor, un hijo en plena edad del pavo (Gabriel Basso), un marido inmaduro (Oliver Platt) que venera el escocés de 15 años y una vecina cascarrabias (Phyllis Somerville) que a veces dejará de serlo. Una excelente relación con su médico (Reid Scott), el intento de motivar a sus alumnos y la necesidad de cometer ciertas locuras que la falta de tiempo imponen completan unas tramas que sin escapar completamente de la lagrimita que la enfermedad impone, trata de provocar en el espectador la sonrisa y, por qué no, las ganas de vivir como si supiésemos nuestra fecha de caducidad.

Divertida e inteligente, a The Big C también se le pueden reprochar ciertas cosas. No puedo evitar el señalar lo cruel que es la ficción con el colectivo  de profesores (no hay más que acordarse de Walter White) y las similitudes que en ciertos momentos encuentro entre Laura Linney como Cathy Jamison y mi querida Mary Louise Parker como Nancy Botwin. Más allá de que nacieron el mismo año y disfrutan de una fabulosa madurez, la incorrección que en muchos casos les otorga la originalidad, es culpable de cierta confusión mental en la que, por poner un ejemplo, el cuñado de la Botwin y el hermano de la Jamison (J.B Hickey) fácilmente podrían ser la misma desequilibrada persona.

A lo largo de sus trece capítulos el espectador asiste divertidas situaciones propias de quien no le preocupan ya las consecuencias de sus actos, sino el tiempo que queda para llevarlas a cabo. Mientras, guarda su enfermedad como un secreto y evita así el momento que cambiará un futuro que sólo ella sabe que es dramático. Y en ocasiones se vuelve redundante, a veces uno se pregunta qué hacen realmente alguno de los personajes y otras cuestiona porqué desaparecen sin razón aparente. En su desorden, se encuentran además situaciones forzadas y  un inevitable final (aunque tiene confirmada una segunda temporada), pero esconde interpretaciones brillantes y la novedad que supone ver una comedia camina hacia la muerte.

Mi consejo, el que otras veces he dejado plasmado, no es probable que encuentren algo mejor, y menos una noche de sábado, así que pruébenlo.

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