Debo confesar que si hubiese dependido de mí, nuestra relación habría sido más breve y menos fructífera, ya que no fue, precisamente, un amor a primera vista. Pero lo bueno, o lo malo, de ver una serie en compañía es que el desinterés por la serie tiene que ser mayor que si la disfrutases, o sufrieses, en soledad, ya que no sólo tienes que estar convencido tú, sino también tu acompañante. Así que me dejé llevar y sin querer nos plantamos en la tercera temporada. Ahora te he cogido cariño, y aunque estés casi permanentemente deprimido, o de malhumor, puede que pases a mi particular Olimpo de los dioses televisivos.

Te advierto que ése no es un lugar lleno de glamour y personalidades ejemplares, Jimmy McNulty y Nate Fisher entre otros, ya descansan allí, pero sí es un espacio placentero en el que permanecéis en mi memoria sin importar cuán corruptos podéis ser o a cuántas mujeres podéis engañar. Tú además tienes otros “valiosos” atributos, como tu insaciable y voraz apetito, tus incontenibles (por mucho que lo intentes) ataques de violencia, o tu indescriptible vestuario mañanero,  aunque ya te hayan advertido de que un Don no debe de usar pantalones cortos. Pero ahí estás, con tu sonrisa de San Bernardo, tus ganas de agradar a seductoras mujeres y de ayudar a la familia, ya sea ésta por lazos de sangre o por intereses económicos, con minúsculas o con mayúsculas. Con tu racismo, tu clasismo y tu cultura con pinzas, mayor que la de los que te rodean pero a todas luces insuficiente. Con tus traumas infantiles y tu doble moral, tus códigos de conducta aprendidos, tus negocios, a cada cual menos limpio, más lucrativo, menos honroso. Si es que alguna vez supiste que es la honradez, que no es lo mismo que el honor.

Tengo dudas de que haya alguien en este mundo que te importe realmente, al igual que quizá tú no sepas si hay quién se preocupe de ti sin pensar en tu cartera. Yo, que pensaba que los mafiosos érais hombres hechos a sí mismos, cuya máxima aspiración era una casa grande, una buena flota de coches y lujosos abrigos para vuestras mujeres, encuentro en tí la rareza que todos los segmentos de la sociedad, o todas las profesiones, aguardan: el incomprendido, el solitario, el nunca satisfecho. Y si las dos primeras temporadas fueron un compendio de luchas por el poder, traiciones por la espalda y madres desquiciantes (para qué te voy a engañar), a partir de la tercera encuentro más simbolismos, más intensidad y más razones para querer saber de tí y preocuparme. Aunque no tengas ningún interés en cambiar tus partes despreciables, y no me refiero a la manía de dejar el helado fuera del congelador, a la de hablar con la boca llena o a la falta de educación que supone que seas incapaz de apagar la televisión cuando se trata de mantener una conversación contigo.

Desgraciadamente para mí, por culpa de desafortunados spoilers, sé alguna de las cosas que “nos” quedan por sufrir. Pero no te preocupes porque seguiré ahí, intrigada por saber quién ganará la lucha que libras contigo mismo, quién conseguirá sacarte de tus casillas, cuándo regresará una sonrisa sincera a tu cara. Lo cual no es poco, ya que me pasé unos años evitándote, no fuese que por tu culpa arrojase otros Dioses de mi Olimpo seriéfilo. Pero hay sitio para todos, aunque en el mundo terrenal quizá estuvieseis destinados al infierno.

Aunque los soldados no vayan al infierno.

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