Pasa el tiempo y aunque lo intenta no puede levantarse. Mejora, el agua ya no anega cada esquina de cada barrio, la muerte ya no impregna los oscuros rincones, el Mississipi trata de definir sus cauces. Hay gente que regresa, y gente que se tiene que ír, músicos con vocación a prueba de bombas, teclistas sin dinero ni piano, violinistas que inspiran sosiego y felicidad. Y fuera, fuera siguen siendo lo peor del país, aquellos que no merecen la pena. Pero mientras se pueda, siempre habrá alguna empresa dispuesta a hacer negocio con la desgracia ajena. Señores, la cruda realidad ha vuelto a HBO, David Simon a las calles de Nueva Orleans, la música y la vida a Treme.

Allá por el mes de agosto, cuando el pensamiento rumiante se apoderaba de todos nosotros al finalizar la primera temporada, el futuro de los habitantes de Nueva Orleans no era más certero que el de ahora. Catorce meses después del Katrina, las casas sin dueños siguen contándose por miles,  el número de desempleados se reduce al ritmo que los contratistas desean y “normalidad” es una palabra que ha perdido muchos de sus atributos en favor de un consuelo moral que no es suficiente. Se ha ido el agua y ha llegado la violencia, policial o de las bandas, con razón o sin ella, a instalarse donde puede, sin respetar las luchas que durante más de un año mantienen algunos con su propio destino.

El brillante elenco (bajas forzosas aparte) se mantiene sobre los mismos pilares: Antoine Batiste (Wendell Pierce) con sueños musicales y una mujer que trata de quitárselos, casi como Davis McAlary (Steve Zahn), Toni Bernette (Melissa Leo), con su incansable lucha por una justicia inexistente y una hija con la que sólo comparte el silencio, Albert Lambreaux(Clake Peters), que esta temporada rezuma conformismo y cansancio a partes iguales, Janette Desautel (Kim Dickens), lejos de presencia, cerca de corazón y la luchadora LaDonna Batiste (Khandi Alexander), que ya ha protagonizado, según mi parecer, otra de las escenas más duras de la temporada. El ya conocido Teniente Colson (David Morse) se convierte en un personaje más recurrente, y la  única incorporación es la de Nelson Hidalgo (Jon Seda), un empresario que mientras se ocupa de la reconstrucción disfruta, con muchas ganas, la cultura de Nueva Orleans.

Cuesta, por mucho cariño que le tengas o muy “Simonsiano” que seas, regresar al ritmo de Treme, donde conviven música y vida, donde las tramas se suceden sin prisa y los problemas llegan sin hacer ruido, en silencio. Y a pesar de la dureza de ciertas imágenes, de la desazón que el telespectador siente cuando el destino se empeña en golpear al mismo inocente, uno ama Treme porque ama su gente, porque se siente cerca de una realidad que nunca antes fue tan real, porque la telerrealidad no vive en una isla sino en los guiones que algunos se empeñan en escribir, a sabiendas de que buena parte de la audiencia nunca los sabrá valorar.

No se hizo la miel para la boca del asno. Pero no voy a ser yo quien lo lamente.

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