El comienzo del verano televisivo nos ha dejado alguna pena, como el final de la segunda temporada de Treme que pospongo cobardemente, y alguna alegría, como el regreso de Breaking Bad a la AMC. Los domingos de verano serán otra cosa, o en “nuestro caso” los lunes: más intensos, más sesudos y un poco más arriesgados. Ha vuelto la serie de Vince Gilligan con la inquietud que da saber que será la penúltima y con el miedo de que lo visto sea insuperable y muera el encanto. A la vista del primer capítulo, no lo parece. Heisenberg, Jesse, Gus, Skyler y compañía han regresado con su buena, e hipnotizante, salud de siempre.

Y digo Heisenberg porque es necesario constatar que Walter White murió, aunque no sé muy bien cuando. No sé si se lo llevaron la medicación y los disgustos, los encuentros en medio de la nada con Mr. Fring, los atropellos a sangre fría, las confesiones inevitables con una mujer que ya no era (la) suya, las reuniones en caravanas ajenas, las visitas a restaurantes de comida rápida…. Murió el profesor de química para alojar en su cuerpo, y su mente, al artesano de la metanfetamina dispuesto a defender su vida, y la de los suyos, con todos los métodos a su alcance. Y Heisenberg es quién cansinamente trata de justificar ante Mr.Fring el final de la tercera temporada, la inesperada sucesión de acontecimeintos y la forzosa posición en la que todo ello le situaba.

Es entonces cuando Vince Gilligan, que tiene a la mitad de los cuatro personajes en escena en silencio durante mucho tiempo(o desde el comienzo), introduce un tercero mientras la intensidad de los colores del escenario, y la tranquilidad del recién llegado recuerdan al espectador que Breaking Bad es otra cosa, que son esos momentos los que la hacen especial, que otro tono, otros diálogos y otras acciones le restarían perfección. Y es así la antiserie, tal y como la conocemos. Después el silencio desaparece, las acciones se rinden a la evidencia y la claridad llega frente a unas tortitas con caramelo masticadas mientras la culpa y el  miedo mueren y se establece, fríamente, la resignación.

La sensación de alivio tras la resolución del esperable cliff-hanger se mezcla, al final del capítulo, con la incertidumbre que da desconocer los ases que casi todos guardarán en la manga. Y todo ello sin olvidarnos de Skyler y sus tretas de mujer “no-preocupada”, Saúl y su paranoia persecutoria o Marie, Hank y el trabajo que les queda por delante. La vida avanza mientras la supervivencia se asienta como un comportamiento natural y la muerte permanece, como siempre, inevitable, molesta, silenciosa.

Señores, ha vuelto Breaking Bad. Mejora el verano, se acerca el final.

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