Érase una vez una importante familia del Estado de Nueva York que tenía muchos hijos, a cada cual más adorable y más perfecto. Don, Walter y Rick sin embargo eran diferentes: el primero destacaba por su elegancia y su saber hacer, el segundo era la viva muestra de la frescura y la valentía mientras que el tercero era adorado por su familia y sus profesores. Los tres estaban en edad de estudiar y cada uno tenía sus propios planes de futuro: Don soñaba con una universidad que hipotecaba el futuro de los otros dos, mientras que Walter habría prometido un final de carrera decoroso y a la altura de los anteriores. Por su parte Rick, ante el aval social con el que contaba, esperaba unas condiciones económicas dignas para poder seguir siendo igual. Las decisiones del cabeza de familia marcarán el futuro de sus tres vástagos. ¿Se dejará llevar por la impaciencia? ¿O simplemente por sus preferencias? ¿Será justo con los resultados obtenidos hasta el momento? ¿Cederá a las presiones? ¿Tendrá en cuenta que en unos meses otro de sus retoños sería presntado en sociedad?

Olvidando los cuentos (y perdón por la licencia) la realidad es que  una de las cadenas de televisión por cable más importantes de los últimos años, la AMC, tiene montado un buen desaguisado que no me resisto a comentar. Y es que no hay semana en la que no desayunemos con alguna inquietante noticia sobre el futuro de alguna de nuestras series favoritas. Que si Mad Men tiene que reducir elenco y duración, que si la quinta de Breaking Bad deberá durar la mitad, que si Frank Darabont no se fue sólo, sino que le acompañaron hasta la puerta…. En definitiva rumores y comentarios que principalmente dejan al descubierto la juventud e inexperiencia de la cadena, fundada en 1984. Si uno echa la vista atrás, a la Wikipedia o a donde quiera, podrá observar que de las nueve producciones propias más destacables de su historia, siete nacieron en el siglo XXI y de ellas cinco, tienen menos de cuatro años.

Vaya por delante que no voy a proponer una solución, no la tengo. Pero no puedo evitar dejar de señalar la penita que está dando el canal dirigido por Charlie Collier, que cuenta con tres de las series más importantes de las últimas temporadas y no parece que sepa manejar el éxito. Mientras Weiner ha conseguido, o eso parece, lo que quería, a Gilligan le han preparado una última temporada que inicialmente “tenía” que durar ocho capítulos y ahora serán 16, aunque los podrían dividir en dos tandas. Mientras, se cansaban de Darabont, de sus necesidades y su velocidad creativa. Mal. Porque estoy ya empezó mal, con la exigencia de recortes en Mad Men, lo que ya es una muestra de que algo falla. No puede ser que un canal por cable se planteé disminuir la calidad de aquello sobre lo que se cimienta buena parte de su fama, no puede ser que el peor parado de todos vaya a ser el que tiene mayor audiencia, con el doble que las otras dos.

Tan fácil como pasar a la historia por haber producido cierta serie, lo es por no saber mantener la línea que te llevó a hacerlo. Aunque resulta menos enorgullecedor, por supuesto. Sólo se  me ocurre la calma como consejo, y aún así no las tengo todas conmigo. SI no pueden ir a temporada por año, que lo hagan cada dos, pero que lo hagan bien. Porque no concibo a Don con un poco menos de whisky, a Walter con carencia de metanfetaminas ni a Rick con escasez de muertos vivientes. Y porque el que mucho abarca poco aprieta. Así nos va.

(Y Hell on Wheels por estrenar)

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