Una de las cosas positivas que debe de tener la fama es que, cuando la has alcanzado, todo cuesta mucho menos trabajo. Así que cuando haces una buena serie, llegar a la gran pantalla, que tus trabajos estén entre los más esperados o firmar contratos delirantes está a la orden del día. El último ejemplo del castizo “Cría fama y échate a dormir” es J.J Abrams, un hombre que en los últimos doce años ha producido una decena de series y más de la mitad de películas, además de escribir y dirigir alguna de ellas. Por todo ello el estreno de Alcatraz se ha convertido, una vez más tratándose de Abrams, en uno de los acontecimientos televisivos de la temporada. Y aunque aún tiene pendiente su estreno a escala mundial, a España llegará en febrero, la serie, para bien o para mal, dará que hablar. En este caso me temo que no va a ser para bien.

Y es que después del tercer capítulo  creo que abandono, porque la fila de series por ver ya es lo suficientemente larga e incluso tengo el cupo cubierto en la de series para no pensar. Porque, aunque el último episodio resulta menos simple que los anteriores, gracias al trabajo de los actores invitados,  Alcatraz ni siquiera me ha invitado a quedarme un rato y preguntarme de dónde han salido los presos viajeros y quién los maneja. Y si la mayor intriga me preocupa poco, Rebecca y su vínculo familiar o Diego Soto y sus traumas infantiles menos, por predecibles y por típicos.  Y abandonaré porque no me apetece derrochar cuarenta minutos en un procedimental que si se ciñe a las exigencias del guión, y la cadena lo respeta, se perpetuará a lo largo de 302 episodios…. Es broma. Espero. El caso es que en tres episodios, o incluso en menos, me han molestado en exceso las avinagradas poses de Sam Neill, el insulso trabajo de Sarah Jones y el ritmo forzado, los guiones obvios y la insultantemente lostiana banda sonora.

Supongo que es uno de los inconvenientes de la fama, que nunca dos creaciones son iguales y quizá sea hora de enterrar el baremo Lost con el que, erróneamente, medí(mos) ciertas series con unos ingredientes comunes. Porque aunque yo aún no andaba por los lares seriéfilos cuando se estrenó la serie estrella de J. J Abrams, esto no huele a mejora, por lo menos en una temporada. Alcatraz recuerda a Lost y no lo es, quiere parecerse a Fringe y no puede. Olvidándonos de la vara de medir, Alcatraz está bastante lejos de las buenas sensaciones que dejó el tráiler, allá por primavera, y no parece que vaya a llegar más lejos que cualquier procedimental mucho menos publicitado y seguramente más creíble.  Pero claro, es Abrams.

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