El próximo lunes 6 de febrero la NBC estrenará (en televisión) una de sus grandes apuestas para este año, Smash. Sin embargo, el piloto de la serie creada por Theresa Rebeck, que por cierto tiene un curriculum más discreto de lo que esperaba, fue estrenada el pasado 23 de enero en el canal de Youtube de la cadena. Desde aquí mi más sincero aplauso a las cabezas pensantes de la NBC que, sabedores de lo que se traían entre manos, y en esta época en la que el boca-oreja se expande como la pólvora, lanzaron el anzuelo, sin engaños ni filtraciones. No sé si tú, lector, eres pez, pirata, o compañero de alguno de ellos, pero seguro que estás harto de oír hablar del musical ese sobre Marilyn Monroe. Si buscas mi opinión, seré rápida: si eres amante del género lírico, tienes que verla. Si los musicales te dan pereza,  también. Y si lo único que quieres es sentarte a ver algo interesante, bien hecho, con buenos personajes e, inexplicablemente luminosa, ésta es tu serie.

Vaya por delante que soy especialmente fan de este género que vivió su época dorada en hasta los años sesenta y recuperó su esplendor en el siglo XXI con películas como Moulin Rouge! y Chicago y series como High School Musical o Glee. Porque a pesar de ser de las que van por la calle tarareando lo que los auriculares ya dejan adivinar, mi cuadriculado razonamiento no concibe que alguien se ponga a cantar en medio de una conversación o en una aburrida tarde en la oficina. Los momentos musicales en Smash viene dados, ensoñaciones aparte, por el devenir de la propia historia y no resultan pesados o innecesarios, por lo que difícilmente puede disgustar a aquellos a los que el género ni fú ni fa.

El capítulo piloto de Smash narra de una forma ágil y creíble la aventura de diversos personajes unidos por un nexo común, un musical basado en la vida de la eterna tentación rubia, Marilyn Monroe. Por un lado Julia Houston y Tom Levitt son los creadores del libreto, nacido de la casualidad y sin demasiados apoyos, a los que acompaña sin querer, Derek Wills. Por otro Karen Cartwright, alma cándida natural de Iowa, e Ivy Lynn, una actriz veterana dispuesta a todo por un papel que parece hecho a su medida. Todos ellos dependen de la suerte de Eileen Rand, la productora musical que vincula el futuro de su próximo trabajo al devenir de su divorcio.

Con estas premisas, Smash ha dejado, entre aquellos que no han podido esperar al lunes, un excelente sabor de boca que el tramposo avance de temporada no ha hecho más que intensificar. Mi habitual y molesta prudencia cruza los dedos para que los próximos catorce capítulos mantengan un nivel similar al piloto, si no puede ser el mismo (o mayor, ¿por qué no?) Aunque debo de reconocer que yo misma he dejado de ver una serie por la que aquí mismo derroché unas líneas optimistas. No importa, si la suerte no acompaña, siempre nos quedará ese mágnifico episodio que cuenta con los ingredientes necesarios para procurarse la envidia de películas y series y enganchar a cualquier buen seriéfilo. E, insisto, dejar en el ambiente, esa sensación optimista, luminosa, diferente.

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