525 días después de que se apagase la luz de Mad Men y desde entonces no hemos podido resistirnos a los continuos comentarios que suscita la serie de AMC, las noticias en torno al rodaje de la nueva temporada, o las futuristas palabras de su creador, Matthew Weiner. Mucho tiempo sin la agencia de publicidad televisiva por excelencia, sin las reuniones de los jefes, los comentarios en el alumerzo de los jóvenes creativos o las amantísimas esposas esperando con la cena hecha. Sin el whisky, el tabaco, las ideas inesperadas, las presentaciones ingeniosas, los clientes malhumorados, las manías de cada personaje y sus momentos de privacidad al calor del hogar. El domingo, por fin, la elegancia regresa a nuestras pantallas con la quinta temporada de Mad Men.

Previsiblemente retomemos la historia de Don Draper en el año 1966, con un capítuo doble titulado A Little Kiss que dirigirá Jennifer Getzinger, que ya hizo lo propio en el alabado séptimo capítulo de la cuarta temporada, The Suitcase. Con el tercer episodio dirigido por Jon Hamm, quizá Weiner nos sorprenda a lo largo de la temporada con las manifestaciones que durante aquel año se produjeron en todo el país contra la Guerra de Vietnam, el sonido psicodélico del primer disco de Frank Zappa, Freak Out! o la pomposa inauguración del Metropolitan de Nueva York.

Y aunque me muero de ganas por saber más de la nueva vida familiar de Don, no es menos cierto que el final de la cuarta no acabó de convencerme, especialmente en ese aspecto. Porque aunque la vida de Don pasaba por momentos de confusión, cualquiera de nosotros habríamos apostado por el maduro futuro que proporcionaba Faye, por muy estirada que nos pareciese, y no por el acto reflejo de una semana ideal en la que descubres que se puede crear un niño sin las histéricas formas de tu ex. Sinceramente no veo al cuarentón de Don entregado a la vida marital con una paciente canguro, que además es bella y se podría decir que tiene conversación.

Crueldades a parte, sólo nos queda esperar el paso de los capítulos y descubrir la metáfora que Matthew Weiner dice esconder el conocido cartel promocional en el que Draper cae de un edificio y que representa “a un hombre cuya vida es un torbellino”. Y de paso disfrutar con las historias de los que le rodean, con una Peggy que tendrá que sobreponerse al silencio tras su “inocente”: “Pensé que no te gustaban ese tipo de juegos”, al aprobador Roger reconducir, o no, la dirección de su empresa, a Joan afrontar la maternidad o a Pete justificando su nombre en la puerta mientras vive los inconvenientes de la vida familiar.

El interés por el regreso de la producción lleva meses alimentándose y creciendo, tal y como le ha pasado a la propia serie desde su estreno, allá por 2007. Y aunque la extraña sensación que me dejó el final de la cuarta temporada y los problemas entre creador y cadena no me hacen ser precisamente optimista, hace tiempo que pica el gusanillo de los años sesenta, la publicidad, Nueva York, la edad adulta y el whisky a palo seco. Ya queda menos.

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