Hoy se cumple un año del estreno en Estados Unidos de la serie de HBO, Juego de Tronos. A pesar de que soy una fiel consumidora de las producciones del canal de cable de pago, la adaptación de los libros de George R.R Martin no me llamó especialmente la atención. La fantasía nunca fue lo mío, y el hecho de que alguien me dijese que no era una serie para mí, hizo que aparcase la serie de David Benioff y D.B Weiss indefinidamente. Para cuando empecé creo que era otoño, y tuve la mala suerte de perder a mi compañero de visionado, porque “aquí no pasa nada”. Cierto, no pasaba, pero empeñada en descubrir donde le veía la gracia el resto del mundo, seguí, y terminé. Exclamé un “Psé” y esperé a que llegase abril. Y aquí estamos, no sé si porque es el momento o porque se ha alienado la luna con algún extraño planeta, con ganas de ver más, después de haber quedado encantada con los dos primeros capítulos de la segunda temporada.

No hay nada en concreto que me provoque ahora esas ganas y si tengo que ser sincera aún no tengo del todo claro el extenso árbol genealógico que componen todos los personajes de la serie. Aunque sí tengo mis preferidos… Como atestigua la taza que me trajeron los Reyes Magos, ante todo soy Stark, pero si tengo que decantarme por un miembro de la familia de Invernalia, me quedo con la pequeña Arya, por su tenacidad, su carácter y encarnar todo lo que espero de una señorita (sic) y con el bastardo Jon Nieve, noble y sensato en un mundo en el que la cordura parece ausente. No tengo nada en contra del resto de la familia, pero ambos me resultan más interesantes que un hermano mayor temoroso, una madre que trata de afrontar la guerra y un pequeño tullido al que no acabo de comprender. Aunque quizá sea porque cuentan con importantes tramas independientes, y resulta inevitable correr con Arya en su huída con la Guardia de la Noche o preocuparse por el futuro de Jon en su viaje más allá del Muro.

Con casi todos los Lannister despertando odios en cada secuencia, me consta que no soy la única que siente predilección por el pequeño Tyrion, que si bien no escapa a su apellido, y lo que ello conlleva, resulta un soplo de aire fresco por su peculiar forma de ser y su marcado carácter respondón. Por su parte, el futuro de la joven khaleesi Daenerys se antoja como un largo e incierto camino en el que los animales mitológicos que le acompañan parecen una necesaria compañía. Más allá de todos ellos están los padres déspotas que reciben,  no precisamente con los brazos abiertos, a su hijo años atrás entregado, los que esclavizan a sus mujeres y a sus hijas y los hermanos llenos de rencor, que se dejan aconsejar por calculadoras brujas de moral distraída. Y piratas con discutibles fines, y reyes que no entienden de piedad, y reinas regentes que tratan de reeducarlos sin misericordia.

Y poco a poco, se construye así, una extensa red de tramas que se entrelazan, a veces se cruzan, y te sumergen en una historia en la que la traición,  la corrupción y la permanente lucha por la supervivencia están presentes en cada momento, mientras se termina el verano y se acerca el temido invierno… O como muchos decís, un culebrón perteneciente al género de la fantasía en la época medieval. Y visto así, y añadiendo una recreación sobresaliente, una fotografía de gran calidad, una dirección y un casting acertados, tenemos una serie que reúne los ingredientes esenciales en esta época para atraer a las masas y satisfacer a la crítica. Lo esperable, tratándose de HBO. Pero, por favor, no se olviden de darle las gracias al imaginativo Martin.

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