De referencias, fracasos y expectativas


La mayor parte de los problemas del mundo nacen por la innecesaria, pero frecuente, obligatoriedad de “ser cómo”. Desde muy pequeños, los seres humanos aprendemos a partir de la comparación: tus padres te dicen que algo sabe cómo una comida que te gusta, tus profes te recomiendan libros a partir de otros que han estado de moda, y vas al cine confiando en lo que te ha dicho una amiga, que sabe que la última de no sé qué actor te encantó. Y creces, y la vida sigue igual, buscando referencias agradables que te motiven a abrir un libro, probar un restaurante o ver alguna serie. Pero ya no sabes qué fue antes, si las recomendaciones de tus amigos encabezadas con la frase “Si te gustó X te gustará Y” o el manido recurso publicitario “De los creadores de Y llega X”.  Y una y otra vez persistimos en el error, creyendo que “algo” será igual que un “algo” anterior, cuando es imposible que lo sea, por multitud de razones que abarcan desde el estado anímico del espectador/lector hasta la incomodidad que supone la existencia de ese precendente, para bien o para mal.

Con los upfronts de mayo a la vuelta de la esquina volvemos la vista atrás y nos encontramos con un puñado de series que no volverán, y en las que hace unos meses teníamos depositadas grandes esperanzas. Otras volverán, por razones que sólo los directivos de las cadenas conocen, porque se han ido desinflando con el paso de los capítulos, ya nadie suspira por un nuevo episodio y algunos pocos los sufrimos, con la esperanza de que la serie recobre el brillo que algún día nos pareció ver. En este último caso encontramos a la ya renovada Smash, una producción muy esperada gracias a su género, su elenco y su planteamiento, pero que no ha evolucionado durante una decena de capítulos, y ha ido acumulando defectos tras cada secuencia. Con menos de seis millones de espectadores por capítulo, la NBC apuesta por la continuidad, a pesar de la renuncia de la creadora, Theresa Rebeck, y las cada vez más abundantes críticas.

Entre las que no volverán se encuentran dos de las producciones más esperadas del pasado otoño, The PlayBoy Club y Pan Am. Nacidas a la inevitable sombra de Mad Men, por aquello de la época, la estética y la estúpida necesidad de utilizar un referente que arrope a la serie antes de su estreno, y desnude sus vergüenzas meses después. Mientras que la primera no pasó del tercer episodio, porque no basta con querer hacer una serie, también hay que saber, la segunda terminó, pero quizá muera de olvido, si la ABC la obvia el próximo 15 de mayo, cuando anuncie sus apuestas televisivas para el nuevo curso 2012-2013. En ambos casos el fracaso de las cadenas fue mayúsculo, como también lo son los trabajos de JJ. Abrams tras el final de Lost. Undercovers, en 2011 y Person of Interest y Alcatraz esta temporada han sufrido el síndrome del “hermano mayor perfecto” ese ser al que todo el mundo adora pero que nunca llegarán a ser. Algo similar sucede con las producciones del Rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg, que gracias a sus películas y sus magníficas series junto a Tom Hanks, levanta a su alrededor una expectación probablemente innecesaria que recientemente ha perjudicado, más que ayudado, a Falling Skies o Terra Nova.

Esa expectación innecesaria nace de la necesidad que tienen las cadenas de rentabilizar un producto en el que depositan grandes esperanzas, ahora que las series de televisión están de moda y nunca se sabe donde puede nacer un nuevo éxito que nos convoque a propios y ajenos frente a una pantalla. El éxito que en los últimos cinco años ha cosechado inesperadamente la AMC, gracias a Breaking Bad, Mad Men o The Walking Dead, mata de envidia a las cadenas tradicionales, que necesitan crear ruido alrededor de sus apuestas, más necesitadas de telespectadores que las libertinas cadenas de cable. Y la ABC o la FOX se agarran al recuerdo de épocas pasadas, como cuando en 2004 surgieron, inesperadamente, un conjunto de buenas producciones que contribuyeron a reafirmar el buen momento de la televisión norteamericana.

El éxito de los estrenos, asentado en el hype mediático, las redes sociales y las diversas posibilidades publicitarias que sobreexplotan las cadenas, no resulta suficiente para convocar una audiencia digna semanas después, por mucho que se esfuercen en introducir giros de guión o atraer a estrellas de cine. Y desde mi punto de vista, la acuciante necesidad de crear una serie a la altura de una precedente, sólo contribuye a perjudicar al sector, que con cada fracaso desvela una ansiedad que condena a futuras buenas producciones. Porque cuando nacieron Los Soprano, House, Lost, Mad Men o Modern Family no lo hicieron con un pan bajo el brazo, ni sufrieron ese incómodo síndrome que a otras no dejan crecer. Queridas cadenas, queridos creadores, somos muchos los que hemos escogido las series como forma de entretenimiento, y seguiremos ahí, sabiendo que podemos encontrar grandes momentos de ficción y no esperando ver algo similar a lo que ya hemos visto.

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