A pesar de que en cuestiones de moda los ochenta nunca han sido de mi gusto, ese extraño encanto por añorar lo que realmente no recuerdas hace que desees haber nacido unas décadas antes. O quizá no. Pero a la vista de lo que nos cuenta la ficción, los ochenta fueron más apasionantes, y peligrosos, aunque quizá menos corruptos, que este siglo XXI en el que la amenaza nuclear afortunadamente no es la misma que, durante años, quitó el sueño a más de uno. Era cuestión de tiempo que alguien se tomase la molestia de explotar un filón tan atractivo para la televisión como la Guerra Fría, con sus espías y sus agentes dobles, sus amenazas constantes y sus política armamentística. Y Joe Weisberg lo ha hecho en The Americans. Inspirado por hechos algo más recientes que los ocurridos hace unas décadas, pero situándose en aquella época, más apasionante, y menos irritante que la actual, la serie de FX Networks se centra en las vidas de Elizabeth y Philip Jennings, un matrimonio de agentes del KGB que llevan dos décadas viviendo en Estados Unidos como ciudadanos americanos corrientes.

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La pareja vive con sus dos hijos adolescentes, que por supuesto no sospechan nada, en los suburbios de Washington y centran sus vidas en aparentar que son una familia normal mientras trabajan para el gobierno ruso recopilando información sobre el estadounidense. Pero las labores de un espía van más allá de unas notitas con tinta transparente o un mensaje encriptado enviado desde el medio de la nada, y cuando van a ocuparse de un traidor, las cosas se ponen feas y pierden a un compañero. Todo empeora cuando, casualmente, se muda al vecindario un agente de FBI dedicado al contraespionaje, es decir a perseguir a los agentes infiltrados de la KGB en suelo americano. Ambos lados de la Guerra Fría separados por la carretera de un barrio residencial.

Sin embargo, en el bando ruso el amor a la patria no es equitativo. Si bien ella no duda en ningún momento de la importancia de su labor en la lucha contra el enemigo, él tiene dudas a la hora de señalar como enemiga la tierra que tan amablemente le ha acogido durante más de dos décadas. A pesar de estas inseguridades, y los enfrentamientos que supondrán, Elizabeth y Philip en un arrebato de familiaridad quizá provocado por la difícil situación en la que se encuentran, luchan por tener la relación que en realidad nunca tuvieron, y se apoyan el uno en el otro mientras la Guerra Fría atraviesa uno de sus momentos más tensos. Una vez se ha demostrado que la profesión de espía implica mantener una ajetreada vida sexual, la relación de la pareja se establece como una trama, más allá del trabajo que ambos realizan juntos.

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Del lado de los locales el agente y vecino Stan Beeman se encargará de mostrar la labor del FBI en aquella época, mientras trata de recomponerse de su última misión y adaptarse a su nueva vida en la capital. Para ello contará con una inesperada ayuda, que sin duda le otorgará un crédito frente a sus superiores y suscitará las envidias de sus compañeros. Si en el lado soviético, aunque no de forma impecable, Matthew Rhys y Keri Russell hacen un buen trabajo, el encargado de dar vida al agente Beeman es Noah Emerich, que junto a Margo Martindale en el papel de Claudia, conforman un reparto que en un primer momento despertó algunas reticencias pero que se afianza conforme avanza la trama y los personajes evolucionan.

The Americans es, en definitiva, una agradable e interesante mezcla de acción e intriga, una combinación que otras series han explotado con audacia y que podría convertir la producción de, entre otros, Graham Yost (Justified), en una de las agradables sorpresas de la temporada. Con la segunda entrega confirmada, la serie de Weisberg tiene tiempo antes de que llegue el final de la Guerra Fría, para desarrollar buenas tramas y, para mí, no es descartable que alguien, probablemente Philip, se sumerja en el oscuro mundo de los agentes dobles. Más probable parece que Reagan se esté revolviendo en su tumba al comprobar la simpatía que miles de espectadores sienten por esta pareja de enviados del Imperio del Mal. El enemigo, y el comunismo, ya no son lo que eran.

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