Adiós, Pepe Sancho, adiós


Uno de los inconvenientes de la muerte es que, la mayoría de las veces, nos suele pillar desprevenidos. Y sin tiempo de despedirnos, rendir cuentas con el pasado y agradecer, o reprochar, aquello que nos guardamos dentro. Ya sea bueno o malo. Aunque no creo que fuese amigo de las despedidas, hoy se ha marchado sin decir adiós Pepe Sancho, uno de los actores más veteranos de la interpretación de nuestro país, que se va dejando en la retina de cada uno de nosotros personajes inolvidables. Y aunque su único reconocimiento viene del cine, Goya al Mejor Actor de Reparto por su papel en Carne Trémula en 1997, fue quizá la televisión, con el permiso de las tablas, la encargada de hacer de él un actor con carisma propio, característico y necesario para encarnar ciertas personalidades.

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Pepe Sancho saltó a la fama por su papel de “El Estudiante” en la mítica serie de finales de los años setenta Curro Jiménez, y a lo largo de su extensa carrera interpretativa realizó trabajos muy destacados tanto en el teatro como en el cine y la televisión. Turno de Oficio, Carmen y Familia o Arroz y Tartana fueron otras de las producciones televisivas en las que participó, hasta que dio vida a algunos de sus papeles más significativos en la pequeña pantalla. El primero de ellos fue el de Don Pablo en Cuéntame cómo pasó, encarnando al jefe de Antonio Alcántara. Su clasismo, su labia y su ultraconservadurismo hacían del personaje de Sancho un ser poco querible a la vez que determinante en el relato. El segundo, y por el que yo siempre le recordaré, es el papel de Rubén Bertomeu en la que muchos calificamos como la mejor serie de la televisión española, Crematorio. De más actualidad que nunca, este personaje encarnaba todas las maldades del poderoso empresario de turno, que ama y controla el poder desde un despacho que le permite llenarse los bolsillos.

No se me ocurre un actor más indicado para dar vida a cualquiera de esos dos hombres, claramente despreciables, con tanta fuerza y tanta credibilidad, especialmente en el segundo caso. Para muchos de nosotros Sancho siempre será Bertomeu, con su carácter autoritario y su falta de escrúpulos, sabedores de que sin él Crematorio no sería la gran producción que es. Sancho, desde ese carácter que, para bien o para mal, le permitía ser el mismo ante los medios, supo encarnar con brillantez personajes destinados al desagrado, explorando las bajezas de la condición humana y convirtiéndolos en símbolos reconocibles en cada trabajo. Tuve ocasión de conocerlo, y ofrecerle un café, y en la brevedad de la radio me encontré un tipo que sin ser encantador, conseguía ganarte con su sinceridad y su dialéctica. Esa que probablemente algunos traten de airear en los próximos días, o aquella que hacía de sus personajes seres inigualables. “España y yo somos así, Antoñito…”

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