Hace unos días andaba yo esperando a que terminasen los anuncios de cierta cadena de televisión “destinada al público femenino” y horrorizada, contemplaba como buena parte de ellos se centraban en promocionar las telenovelas que la cadena emite cada tarde de lunes a viernes. Pensé que habría que ser un verdadero experto para distinguir una de otra, ya que todas, a simple vista, tenían elementos comunes: una protagonista guapa, un romance imposible, un malo muy maloso, mucha lágrima y una factura visual verdaderamente mejorable. Entonces pensé que aunque compartían el medio, las telenovelas están, supuestamente, bastante alejadas de mis queridísimas series norteamericanas, con su complejidad intrínseca, sus giros de guión, su dramatismo contenido y sus envidiables localizaciones. Poco después, en el mismo sofá, frente a la misma tele, hice un pequeño maratón con el final de Nashville, y tuve que resignarme y reconocer que entre la serie de ABC y cualquier culebrón sudamericano sólo hay unas cuantas canciones country y el encantador paisaje de la capital del estado de Tennessee. Veréis como sí.

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Aunque no hay que ser muy espabilado para deducirlo, ni llegar a ver los veintiún episodios que componen la primera temporada,  a mí personalmente me ha dolido un poco que los cinco últimos capítulos de la serie protagonizada por Connie Britton y Hayden Panettiere sean una evidente oda a los elementos naturales del vulgarmente llamado culebrón. Y mientras se retorcía la trama, el sufrimiento crecía y los personajes avanzaban a sus propios abismos resultaba difícil recordar la contención y la seriedad (o formalidad) que nos llevaron a admitir esta producción en el pequeño grupo de las elegidas entre las series nuevas de esta temporada que ya termina. Una vez reposado el atracón sólo queda reconocer que, con los elementos propios de una telenovela en la mano, resultaba difícil definir Nashville sin utilizar, antes o después, la palabra culebrón.

Casting. Las protagonistas femeninas de las telenovelas son bellezones indiscutibles que con una mirada, una sonrisa o una forzada expresión de sorpresa se ganan el favor de la cámara. Y aunque no sea mi estilo, en la versión masculina las producciones sudamericanas también se preocupan por buscar verdareros ejemplares de machos latinos que se ganen los suspiros de las más fieles espectadoras. Respecto a Nashville si bien lo primero se cumple a rajatabla, y siempre es más criticable la capacidad artística que la belleza de las actrices, lo segundo me lleva preguntarme por la vista, o el gusto, del director de casting. Porque aunque Deacon haya sido aceptado como “el hombre” de la serie, no puedo dejar de comentar que ni él, ni el resto de sus compañeros serían candidatos a participar en ningún concurso de belleza. Lo cual no deja de ser paradójico teniendo en cuenta el target de la serie.

Historia de amor truncado. Cambiemos el origen pobre-rico habitual en las tramas hispanas del género por una escala de popularidad en la que Rayna está en el escalón más alto, y Deacon unos pasos por detrás. La perfección de la vida de la veterana diva del country contrasta con la sombra en la que vive el guitarrista, que aunque es reconocido por sus compañeros de escenario, no arrastra legiones de fans allá por donde va.  Pero el destino, de muy variadas formas, hace que una y otra vez el amor sea imposible, y los enamorados no puedan compartir su amor por razones laborales, familiares, sociales y de otra índole.

Mujer incomprendida. En el personaje de Juliette encontramos a la joven que lucha por alcanzar el amor ideal, pero a la que su carácter, su precipitación y sus ganas de sentirse querida llevan a tomar decisiones equivocadas y volcar su amor en las personas que no lo merecen. Si esto fuese poco dramático de por sí, con esa boda que al final terminó en una desagradable despedida, los guionistas de Nashville han hecho que la joven diva reincidiese en el error de una forma tan acelerada como trágica. Y porqué no decirlo, a mi parecer, también bastante forzada.

Terceras personas. A pesar de que no pueden querer a quien quieren, los protagonistas de las telenovelas siempre tienen a alguien dispuesto a compartir su vida, y su cama, con ellos. En Nashville voluntaria o involuntariamente Rayna y Deacon se topan con agradables y atractivos pretendientes en forma de dulces veterinarias o juveniles productores, que arrinconan el amor imposible, aunque sólo sea como medio de distracción. Luego ya llegarán los celos, las dudas y la inagotable lucha por lo que uno quiere.

Orígenes humildes. Los comienzos de las protagonistas de las telenovelas son modestos y dramáticos: una niña pobre, una hija no reconocida de un terrateniente, una joven incomprendida… En Nashville este traumático comienzo, aunque Rayna tiene su propia cuota con la temprana muerte de su madre y los problemas con su padre, corresponde a la impertinente Juliette Barnes. Los graves problemas con las drogas que su madre arrastró durante toda su vida marcaron la infancia del personaje interpretado por Hayden Panettiere, y en su vida como adulta consiguen sacar lo peor de sí misma.

Figuras paternas. El padre que dibujan las telenovelas forma el retrato de un hombre crítico y de carácter poco amigable, que ya sea por protejer a su pequeña o por pagar con ella cualquier causa perdida, acostumbra a estar en contra de los deseos de la protagonista, su hija. En la serie de la ABC, Powers Boothe en el papel de Lamar Wyatt desarrolla con solvencia esas características, y para redondear (y retorcer) la historia sufre un infarto que le reconcilia con su incomprendida primogénita y pone a disposición de ésta su larga lista de contactos.

Hijos ilegítimos. La guinda del pavo, el retortijón final que retuerce un poco más el dramatismo de la historia de amor, con sus consecuencias, sus preguntas y la probable ausencia de respuestas. Las secuelas que puede tener la curiosidad de Maddie, que repentinamente decide hurgar en los armarios y las cajas de su madre y convertirse en la habitual niña odiosa imprescindible en cualquier serie, no las conoceremos hasta que regrese la segunda temporada, cuando descubramos como termina el cliffhanger final, que como era de esperar cubre la necesaira cuota de dramatismo. Aunque la revelación corresponde a la mitad de la temporada, la importancia que varios personajes dan a este acontecimiento cuando Rayna les comenta su nueva situación amorosa, hace previsible que esta circunstancia vaya a determinar el final de la temporada.

Riqueza y poder.  No son los beneficios de una próspera hacienda, ni la continua lucha por salir adelante en el duro mundo de la cría de caballos o los más variopintos cultivos, pero en Nashville también podemos disfrutar de los entresijos del poder y el dinero. A pesar de que la trama política es muy discutible, tanto en su forma como en la necesidad de que exista, sirve para describir los vertederos de la política, las necesidades de una campaña, los sacrificios que se hacen por alcanzar ese poder, que corrompe y nubla la vista, y la larga extensión de los hilos que mueven el día a día de  una ciudad.

Venganza. Tan importante como la historia de amor imposible es la presencia de un personaje que viva permanentemente en el rencor y el odio, y sólo aspire a vengarse, sea por la razón que sea… Me cuesta encontrar un personaje así en esta primera temporada de Nashville, aunque puede ser culpa mía, que no haya entendido del todo las dispersas intenciones de la molesta Peggy Kenter. Más claro me parece que la temporada que viene la hermana de Rayna, Tandy, pueda tomarse mal el cambio que a última hora su renacido padre ha realizado en la cúpula empresarial, y más allá de su temperamental renuncia, se lance a los brazos de los agentes que, ¡oh casualidad!, le esperaban en el parking.

Sufrimiento. Mucho sufrimiento, porque el destino siempre juega malas pasadas a las protagonistas, porque siempre hay un villano dispuesto a hacer el mal, y porque hacer un drama de cada fatalidad es sólo una cuestión de lágrimas, adecuado acompañamiento musical y gestos mohínos. Sin ninguna duda en la serie de ABC esta batalla la ha ganado, porque practicamente es la única que la ha librado, Juliette Barnes que en los últimos episodios ha conseguido aquello que tanto ansiaba, su premio a la mejor solista, mientras por el camino el mundo se derrumbaba, el amor se fugaba con la billetera llena, y esa madre que tantos y tantos problemas daba se inmolaba para evitar precisamente el eterno sufrimiento. Y con tanto padecimiento me parece cruel hacer que lo primero en lo que la joven piense cuando se encuentra el escenario final es que su madre estaba intercambiando unos gramos con el amor traidor.

Es de agradecer que nos vayamos a librar del incesto y el regreso del más allá, que también son habituales en los culebrones televisivos. Y si lo miramos con perspectiva, y recordamos los buenos momentos que hemos pasado con Nashville, lo justo sería decir que a la serie le falta profundidad de guión, algo menos de previsibilidad y unos personajes secundarios con más chicha. Porque en el fondo, el culebrón no es malo, y ya está en todas partes.

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