Parece que fue ayer cuando regresó Don Draper a nuestras vidas, con su moreno hawaiano y su sesuda lectura. Y ya se ha ido, y encima lo ha hecho sabiendo que cuando vuelva será por última vez. Pero cómo nos queda mucho tiempo por delante para llorar la futura pérdida, prefiero centrarme en la gran temporada que hemos despedido, y que me deja mucho más satisfecha que el año pasado. No sé si será por el paso final, el anunciado descenso a los infiernos, los extremos sentimentales en los que nos ha situado Don Draper o la cantidad de alcohol que él mismo ha consumido.

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Porque sin miedo a equivocarnos podríamos decir que Don se ha pasado trece capítulos borracho, o de resaca, incapaz de eliminar de su rostro sus ojeras y su gesto desencantado. Entre copa y copa ha tenido tiempo de aterrorizarnos con su machismo, molestarnos con su cinismo o sorprendernos con sus decisiones. La inesperada fusión que a mitad de temporada nos colocó a Peggy de nuevo en su antiguo lugar de trabajo, a Ted Chaough frente a Don Draper y al enigmático Jim Cutler (¿Harry Hamlin no envejece?) haciendo de voz de la conciencia, de mosca cojonera o de ambos, nos regaló un escenario inesperado por el que probablemente nadie apostaba. Aunque la relación de Don con Ted estaba más cerca de ser un matrimonio de jubilados cansados de sí mismos que unos compañeros de trabajo, la fusión ha resultado ser un elemento vital para llevarnos a ese final, y también nos ha servido para disfrutar de grandes momentos.

En su faceta personal la temporada no ha sido mucho más relajada. El romance con su vecina le ha devuelto a las andadas conquistadoras, aunque en esta ocasión su hipocresía ha alcanzado límites insospechados. Porque hay que tener la cara dura para tomarse como se tomó los problemas de Megan y las escenas de sexo, cuando el venía de serle infiel. De cómo se comportó con su amanete y vecina Sylvia Rosen en la habitación del hotel, tentando los niveles del aguante  humano, ya no queda mucho por decir. Lo que sorprende es que ella, en la conversación del undécimo capítulo es que asuma las culpas, y se refugie en un ridículo “No quería que te enamorarás” cuando probablemente eso ya había pasado. No quiero terminar sin el furtivo encuentro en la cabaña con su ya estilizada ex mujer Betty, en el que tuvo la oportunidad de probar su propia medicina la mañana siguiente, al otro lado de la cafetería, cuando ella le ignora y centra de nuevo en su ejemplar vida marital.

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Con el papel de Joan reducido, inexplicablemente, a momentos puntuales y secundarios que deslucen la relevancia del personaje, y Megan asimilada a las tramas de Don, sin posibilidad de saber , mucho más de su vida ocmo actriz, las estrellas femeninas de la temporada han sido dos, la imprescindible Peggy Olson y la cada vez más importante Sally Draper. Ambas han experimentado grandes cambios en esta última entrega, y es de suponer que serán relevantes en los próximos episodios de la serie. Por un lado la joven publicista termina la temporada asumiendo las responsabilidades que hace un tiempo había soñado pero que en los últimos meses había olvidado. Por el camino ha tenido tiempo de decir adiós a su relación con Abe, un hecho bastante menos doloroso que su posterior relación, mucho más breve, con su jefe. A pesar de que, como fan, entristece ver que una vez más fracasa en sus aventuras sentimentales, la secuencia final en la que la vemos en el despacho de Don le sitúa ante un emocionante desafío que seguro que provoca nuevas e interesantes situaciones. Por su parte la primogénita de los Draper, además de ser dueña de una de las frases del año (“Mi padre nunca me ha dado nada”) se ha convertido ya en un proyecto de mujer que consigue despertar en su padre unas necesidades que hasta ahora nadie había conseguido. Eso sí, su carácter y sus ganas de encajar, tan presentes como incompatibles, no creo que sea algo que vaya a cambiar un internado femenino, aunque sea  la Miss Porter’s School.

Pero en Mad Men tan importantes como los protagonistas principales son los secundarios, que esta temporada han lucido un poco más gracias a sus respectivas desgracias. Por ejemplo Pete Campbell, que voluntaria o involuntariamente pierde a las mujeres de su vida. A la separación de Trudy, y consecuentemente de su hija, se une a última hora la muerte de su madre, que aporta más rabia que dolor a su desquiciado  estado de ánimo a esas alturas de temporada. Roger también pierde a su madre, y posteriormente a la egoísta de su hija, e intenta consolarse con su bastardo mientras trata de acercarse a Joan, para no terminar con lo único decente que le queda en su vida. Y por no extenderme más, terminaré esta selección con un recién llegado al que su misteriosa llegada y sus misteriosas apariciones le situaron en el radar de los espectadores más conspiranoicos, Bob Benson. El sonriente joven ha sido víctima de la expectación y el extraño ambiente creado en torno a la última temporada, en la que las sucesivas novedades nos llevaban a tener una razón para temernos lo peor, e internet hizo el resto. Es probable que para algunos las respuestas obtenidas hayan resultado decepcionantes, si tenemos en cuenta la variedad de posibilidades.

En definitiva, muchos frentes abiertos que habrá que cerrar en trece episodios. Por delante me surgen un montón de preguntas, que no sé si Weiner tendrá a bien resolver. ¿Continuará desnudándose Don Draper y será definitivamente Dick Withman? ¿Le veremos en estado ocioso, disfrutando de su merecido descanso o volveremos con Draper de vuelta en la agencia al comienzo de la nueva temporada? ¿Ganará el bien al mal, como dice Betty, y tendremos en Sally una mujercita agradable? ¿Cuánto tardará Roger en darse cuenta de que las intenciones de Bob Benson no son las que imagina? ¿Tendrán sentido las teorías conspiranoicas en torno a Benson la próxima entrega? ¿Encontrará Pete Campbell la paz que necesita frente al Pacífico? ¿Y Peggy el amor?… Tenemos todo un año para seguir haciéndonos preguntas, mientras Weiner trata de no sucumbir a la expectación y guarda celosamente cada detalle. En el fondo, nosotros no vamos a sufrir tanto esperando.

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