Sleepy Hollow: Ichabod Crane en el siglo XXI


Imaginemos una coctelera del tamaño de una papelera, en la que vamos virtiendo leyendas, historias reales, algunos escritos bíblicos, cuentos de demonios y brujas y otras creaciones propias que la televisión más seria no permitiría. Lo aderezamos con un punto de locura, unas cuantas cucharadas de permisividad creativa y un chorrito de entretenimiento. Lo tapamos bien, lo agitamos y buscamos un par de intérpretes en estado de gracia, cuyos personajes sean opuestos y complementarios, de razas y siglos diferentes, acentuando así con simpatía lo mucho que la sociedad ha avanzado. Los colocamos en un pueblecito idílico, apoyado en otra leyenda literaria, añadimos unos pocos efectos especiales, alguna aparición interpretativa de renombre y nos sentamos a degustar el sabor de nuestra creación…. Y de lo irreal, desvergonzada, divertida y canalla que es nuestra obra es una genialidad. Una entretenida genialidad llamada Sleepy Hollow.

3-Sleepy

Y es que sin ser una obra maestra, ni mucho menos, la serie que a partir del jueves 7 de noviembre podremos ver en FOX España es una de las mejores producciones estrenadas esta temporada tan pobre. Y todo ello a partir de premisas muy sencillas y muy básicas en la televisión de ficción. La serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman y Roberto Orci une una leyenda literaria, la historia creada por Washington Irving, con una historia real, la del Coronel Ichabod Crane (aunque la serie no se ciñe totalmente a su historia), la traslada al siglo XXI y la fusiona con tradiciones demoníacas y cuentos sobre el bien y el mal. Y lo hace entreteniendo al espectador y respetándolo, porque desde muy pronto la producción reconoce que se va a situar lejos de la realidad y cerca de la locura, pero acatando los niveles deseables de credibilidad en una producción de una gran cadena de televisión. Además logran combinar acción con ciertos toques de humor, que si bien son tan fáciles como pensar qué pasaría si nuestro tatarabuelo llegase a ésta era tan tecnológica, lo hace con gracia y con cierto punto crítico, que permite que nuestro hombre rescatado del siglo XVIII se encuentre de bruces con el resultado de todo aquello por lo que luchó, que no siempre es el esperado.

El personaje interpretado por Tom Mison, Ichabod Crane, murió hace dos siglos y medio, regresa al año 2013 y tiene que asumir que la esclavitud no existe, que las mujeres tienen derechos y que los americanos acabaron con aquellos que en su día fueron aliados, los indios. También tiene que comprender la función del celo adhesivo, el impenetrable plástico o la situación impositiva actual, en la que le resulta difícil de asumir cuál es el precio de un donut y el porcentaje en impuestos que éste conlleva, recordándole a su añorada revolución americana. Además disfruta de los avances médicos, se asombra, como cualquier humano, de la capacidad expansiva de los Starbucks y se pelea con la ducha. Todo una variedad de encuentros en el espacio tiempo que el joven y apuesto Ichabod, con su acento y su habla del siglo XVIII magníficamente conservadas, trata de afrontar sin deshacerse ni un minuto, de su ropaje dieciochesco, algo para lo que quizá los creadores deberían encontrar una solución, que pase por llevarle a una tienda de disfraces, a una lavandería o simplemente al GAP, a comprarse un par de vaqueros y una camiseta bien ajustada… O lo que sea.

Cuando Ichabod y la Detective Abbie Mills, su alma gemela contemporánea y la única que parece dispuesta a asumir que no es un loco, sino un viajero en el tiempo, descubran que tienen una misión común, tendrán que luchar, además de contra el jinete sin cabeza y la amenaza de sus acompañantes, con seres demoníacos y problemas sobrenaturales, tratando de que las peores profecías bíblicas no se lleven a cabo y la humanidad esté a salvo. Una misión ambiciosa que los personajes no afrontan con demasiada pomposidad, sino como lo que son, jóvenes dispuestos a afrontar su lugar en el mundo, sin demasiada trascendencia ni artificio y con cierto toque de optimismo. Supongo que a todo eso ayuda que la cadena que te respalda te respete como lo que eres, un producto para entretener, ni más, ni menos, sin pretensiones de reinventar la televisión. Aunque hay quien, como en éste artículo de Vulture, señale que no se trata de reinventarla sino de unir y adaptar lo mejor del género, desde Expediente X a Perdidos, pasando por American Horror Story o True Blood. Todo sea por pasar un buen rato televisivo que nos haga disfrutar, nos entretenga, y no nos incite a terminar cortando cabezas.

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