En el último año, cada vez que he terminado una comedia el sentimiento has dio el mismo: soy gili. Por fortuna sólo han sido tres las producciones terminadas y el sentimiento no se ha arraigado mucho en mi interior, pero sí empiezo a estar cansada de que persista. En abril empecé 30 Rock, la terminé en septiembre y el trauma ante la ausencia fue tal que ni siquiera fui capaz de dejarlo por aquí. Cuando vi que el final se acercaba introduje Party Down en mi vida, simplemente por posponer el momento. Otra pérdida, menor pero pérdida igualmente, para el mundo de la comedia. Y hace tres semanas, cuando fui capaz de asumir que ninguna de las comedias de estreno de esta temporada me llenaban, me lancé a esa piscina enorme que para mí es cualquier comedia,  con Raising Hope convencida de que no llegará al estreno de la cuarta entrega, el próximo viernes. Y aquí estoy yo, sesenta y seis episodios después FELIZ (sí, con mayúsculas) por haberme atrevido por fin a conocer a los Chance, tan disfuncionales, tan alocados, tan adorables ellos que es imposible no quererlos.

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Los Chance son una familia de clase baja que vive en Natesville, cuya vida cambia cuando el hijo de Burt y Virginia, Jimmy, conoce una noche a Lucy. A la mañana siguiente, después de acostarse con ella, se enteran de que es una asesina en serie y año y medio después de entregarla a la policía es ejecutada. En ese tiempo Jimmy descubre que, a sus veintitrés años, se ha convertido en padre y ahora tiene que hacer cargo de una pequeña, Princess Beyoncé, que afortunadamente pasa a llamarse Hope. Para ayudarle están sus padres, con experiencia en la crianza inesperada, que también se encargan del cuidado de Maw Maw, la abuela de Virginia, una mujer con Alzheimer cuya dolencia depara sorpresas en cada minuto que pasa. Y como es de esperar la pequeña Hope cambia la vida de todos, Jimmy debe compaginar su trabajo como jardinero junto a su padre con un empleo a tiempo parcial en un supermercado, mientras Virginia, limpiadora a domicilio, asume que se ha convertido en abuela antes de lo deseado.

Como rareza parece que llama a rareza, en el supermercado Jimmy se ve rodeado de personajes muy particulares, su jefe Barney, un hombre inseguro que trata de cubrir sus carencias afectivas con su trabajo, Frank, un especimen tan extraño como desagradable, y la adorable Sabrina, el enamoramiento imposible de Jimmy, que pacientemente espera a que su novio regrese de la universidad para tener la oportunidad de pasar tiempo juntos y… Discutir. Y así pasa la primera temporada, conociendo a este conjunto de seres en los que también se encuentra Shelley, la prima fea de Sabrina que se gana la vida con una guardería de niños, perros y ancianos, Dancin’ Dan, el vecino que recorre el pueblo en patines y con una enorme radio al hombro, los padres de la fallecida Lucy, la asesina en serie, o la prima de Virginia, la siempre perfecta Delillah. Y todo ello mientras pasan las fiestas de guardar en toda serie que se precie, Acción de Gracias y Navidad, con su particulares momentos surrealistas, una necesaria vasectomía, la relevancia del flirteo o las sorpresas que deparan los aparatos de escucha para bebés.

En la segunda entrega nos encontramos con muchos momentos para descubrir el pasado de los personajes, la infancia de Jimmy, la adolescencia de Burt y Virginia, la procedencia de Sabrina o los peculiares, cómo no, padres de Burt. Un viaje a Las Vegas, un concurso de inventos, las debilidades genéticas de la familia con el juego o una particulas versión del cuento de Navidad nos permiten ver a Burt, Virginia y Jimmy  en las situaciones más inesperadas, tratando de salir adelante como una familia, en la que si el dinero y las cosas materiales no están de su parte, siempre lo estará el amor que se tienen entre ellos. Y en la tercera temporada, por si no hubiésemos tenido suficiente, el derroche de humor crece, y para mí son veintidós grandísimos episodios con excelentes homenajes a la siempre correcta Modern Family, Homeland, la mítica Regreso al Futuro o Casi Famosos, burlas a la cruel industria televisiva, con recadito incluído, y genialérrimo capítulo musical propio, además de otros gloriosos momentos que prefiero no contar porque como siempre digo, es mejor verlo que que te lo cuenten.

Creada por Greg García, padre de Me llamo Earl, Raising Hope, o Hope por estos lares, es una magnífica comedia de visionado obligatorio que contribuye a acrecentar mi cabreo con las diversas academias de televisión y demás entregas de premios que no han tenido a bien reconocer el ingenio, la grandeza y la calidad de una producción que bien podría elevar la calidad de cualquier cadena de televisión en abierto de nuestro país. Sé que familias disfuncionales hay muchas, son casi un requisito para poder sostener una comedia, pero pocas tan agudas, sinceras y cautivadoras como los Chance, que si bien, como el propio Jimmy dice, podrían escribir un libro para padres titulado “Lo contrario de lo que deberías hacer” son el vivo ejemplo de que siempre se puede salir adelante con pasión y con humor.

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