“La gente que construyó Silicon Valley eran ingenieros. Aprendieron sobre negocios, aprendieron un montón de cosas diferentes pero tenían una creencia real de que los seres humanos, si trabajaban duro junto a otras personas creativas, inteligentes, podían resolver la mayoría de los problemas de la humanidad. Estoy muy de acuerdo con eso.”  Steve Jobs, Wired, 1996.

El paso de los años ha terminado por confirmar lo que el gurú de la informática expresaba hace casi dos décadas en una entrevista, si bien es evidente que “la mayoría de los problemas de la humanidad” son muchos problemas. Y quizá no estén resueltos. Pero sí que es cierto que gracias a muchas empresas situadas en el Valle del Silicio, nuestras vidas son menos complicadas y el cambio que la humanidad ha dado en las dos últimas décadas ha sido extraordinario. Detrás de esas corporaciones, pequeñas, aspirantes a grandes y grandes, se encuentran las más diversas historias de emprendedores, de mentes brillantes y alianzas millonarias. Y también hemos podido encontrar recientemente relatos menos inspiradores en los que la crueldad y frialdad de la meca tecnológica universal queda patente, llevando a muchos a preguntarse cuál es el precio del triunfo.

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Así que era cuestión de tiempo que la televisión, que tanto tiempo invierte en noticias, reportajes o documentales de alguna de las muchas empresas de Silicon Valley, se preocupase por llevar a la ficción la vida de las mentes pensantes que trabajan en el nido empresarial californiano. Y la responsable ha sido HBO, de la mano de Mike Judge, padre de Beavis & Butt-head y El Rey de la Colina, con Silicon Valley, que se despidió de su audiencia el pasado domingo. Con Thomas Middleditch, T.J. Miller, Zach Woods, Kumail Nanjiani y Martin Starr en el reparto principal la serie ha trasladado a la pequeña pantalla las alegrías y las penas de unos jóvenes que tratan de encontrar su lugar en el competitivo mundo de la tecnología.

Todo comienza cuando Richard (Middleditch) crea un algoritmo de compresión de información tan potente que despierta el interés de su jefe, un excéntrico hombre de negocios, dueño de la multinacional Hooli, que se vanagloria de “construir un mundo mejor” y que está dispuesto a pagar por él una suculenta cifra. Este dinero le permitiría a Richard salir de la incubadora empresarial del irritante Elrich, el lugar en el que vive y trabaja junto a sus amigos Gilfoyle (Starr) y Dinesh (Nanjiani) a cambio de un porcentaje de participación en sus trabajos. La venta hubiera sido fácil de no ser por la aparición de Peter Gregory (genial el fallecido Christopher Evan Welch) inspirado en el cofundador de PayPal Peter Thiel, tan excéntrico como sabio, que le ofrece participar en la empresa que monte para desarrollar su logaritmo, no a comprárselo en sí. A pesar de que la cuantía económica es menor de la que le ofrecían por el logaritmo completo, Richard se ve con fuerzas como para levantar su propio negocio y alcanzar la cima empresarial con su esfuerzo, y apoyo económico de todo aquel que se preste a la aventura. Además de sus amigos y su “casero empresarial” se unira además el bueno de Jared (Woods), que abandona Hooli porque cree en el proyecto de Richard a pesar de que sentirse uno más del grupo parece realmente difícil.

A lo largo de los ocho episodios Silicon Valley descubre al espectador el día a día de las empresas tecnológicas que luchan para imponerse en un mercado cada vez más competitivo, y lo hace a través de bromas autoreferenciales, historias comunes y los siempre necesarios estereotipos sobre informáticos. Todo ello da lugar a una atmósfera en la que quizá uno pueda perderse en el lenguaje técnico de la materia, pero lo que no se escapa es ese humor a veces entrañable, a veces salvaje, que si bien no hace de este quinteto un grupo de personas con el que desearías pasar el resto de tus días, si te permite cogerles cariño. Porque más allá de tecnicismos, de códigos y de las diferentes etapas de la creación de un programa informático, quedan los inconvenientes de la madurez y del emprendimiento, lo complicado que es llegar arriba y la cantidad de personajes (jefes, abogados, competencia) con los que tienes que lidiar para llegar a algo y “no ser pobre.” Silicon Valley es una comedia HBO, una comedia cuya gracia no reside en el humor simple y fácil, sino que busca el guiño y la complicidad del espectador a través de lo grotesco, a veces molesto, con la intención de que el poso que quede vaya más allá de la simple sonrisa. Y mientras tanto hemos aprendido muchas cosas sobre económia y tecnología, de donde vienen las semillas de sésamo, y la economía que mueve, los peligros de los coches sin conductor, que existe gente a la que se le paga por no trabajar o que en Silicon Valley también se celebran (costosas) fiestas temáticas. La creación de Judge puede no ser una comedia al uso, pero sí es una gran serie: inteligente, interesante, bien hecha y casi obligatoria para aquel que vaya a atreverse con la suicida aventura de emprender.

 

 

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