La Infanta Cristina y el televisivo club de las “buenas” esposas


“No sé”, “no me acuerdo” y “confiaba en mi marido”. Esas fueron las respuestas que la Infanta Cristina dio a buena parte de las preguntas que el juez Castro le hizo en el ya archicomentado encuentro que ambos mantuvieron en los juzgados de Palma de Mallorca. Unas respuestas que no por esperadas dejaron de ser sorprendentes, y más teniendo en cuenta que la segunda hija de los Reyes siempre procuró ser reconocida por su independencia, su valía individual y su capacidad para desenvolverse en la vida más allá del cobijo de la Casa Real. Desde que estallase el escándalo, allá por noviembre de 2008, cuando el único que parecia tener un problema era su marido, Iñaki Urdangarín, se ha especulado mucho con el papel que la Infanta Cristina ha jugado en este caso, fundamentado en el posible delito fiscal y el blanqueo de capitales que se habría llevado a cabo en la sociedad Aizoon.

En todo este tiempo no han faltado aquellos que se han cuestionado su papel en el caso Noós, planteando dudas sobre sus conocimientos administrativos o, como en el caso del fiscal Pedro Horrach, simplemente considera que las sospechas y un “raquítico “pudo saber” no son suficientes para sentarla en la acusación. En otras ocasiones también se ha apelado a la ceguera que, al parecer, sufre una mujer cuando se trata de reconocer un delito en la persona con la que ha decidido compartir su vida.

Esta última justificación, más habitual de lo que cabría esperar en pleno siglo XXI, me ha hecho recordar a dos grandes personajes femeninos televisivos que en los últimos años se han ganado a pulso un lugar en nuestra memoria audiovisual. Y lo hicieron gracias a que sus creadores vieron más allá del rol habitual de las mujeres y las dotaron de carácter y poder de decisión, aún incluso cuando su juicio estaba nublado por su posición o por su necesidad de mantener unida la entidad familiar.

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Carmela Soprano, la mujer del mafioso

Interpretada por Eddie Falco, una mujer menuda y de apariencia frágil, la mujer de Tony Soprano era la encarnación de las mujeres de la mafia que previamente habíamos visto en películas como El Padrino o Casino. Con su melena cardada, sus joyas de oro y sus llamativos chándals, Carmela tolera las infidelidades de su marido y utiliza el poder que él tiene para proporcionar un buen futuro a sus hijos. Pero también hace la vista gorda a la hora de plantearse a qué se dedica realmente el hombre con el que vive, y mientras pueda mantener su alto nivel de vida, prefiere mirar hacia otro sitio, incluso cuando se trata de la desaparición de los maridos de sus amigas.

Pero la matriarca de los Soprano también vive momentos de flaqueza, en los que no soporta el carácter cambiante de su esposo y se plantea abandonarlo. En la tercera temporada de la serie, el matrimonio pasa por una crisis cuando Carmela le pide a Tony cincuenta mil dólares para asegurar la carrera universitaria de Meadow y él le dice que no pagará, porque sabe demasiado de extorsiones. Ella decide desahogarse visitando a la psiquiatra de Tony, la cual le deriva a un colega, ante la imposibilidad profesional de tratarla personalmente. A pesar de que ella misma le dice que no será necesario, y sólo se trataba de un desahogo, finalmente termina vistando al doctor Krakower. Hecha un mar de lágrimas ella se justifica diciendo que todos los matrimonios tienen problemas, pero reconoce que está considerando divorciarse, a pesar de que cree que su marido es un buen hombre y un buen padre. Es entonces cuando el psiquiatra le recuerda que ella misma le ha definido como un criminal deprimido, proclive a la ira y altamente infiel.

Dr. Krakower.- Debe confiar en su impulso inicial y considerar dejarle. Nunca será capaz de sentirse bien consigo misma. Nunca será capaz de reprimir los sentimientos de culpabilidad y vergüenza mientras siga siendo su cómplice.

Carmela.- Se equivoca en lo de cómplice.

Dr. Krakower.- ¿Está segura?

Carmela.- Sólo me aseguro de que tenga ropa limpia en el armario y comida en la mesa.

Dr. Krakower.- Entonces instrumentalizadora estaría más cerca de definir su trabajo que cómplice. Dísculpeme.

Por si no fuese bastante con que alguien le dijese a la cara en qué había consistido su vida las últimas dos décadas, Carmela tiene que soportar que el psiquiatra le recuerde que el dinero de su marido está manchado de sangre, y que si se divorcia debería empezar de cero. Sin embargo este desagradable encuentro con la realidad, que termina con un sincero “No podrá decir que nadie se lo dijo” no le empuja a abandonar a Tony, y cuando consigue lo que quería, los cincuenta mil dólares, Carmela decide permanecer a su lado. De momento.

Al final de la cuarta temporada, el vaso de las infidelidades finalmente se desborda, y Tony se ve obligado a marcharse de su casa, no sin antes echarle en cara a su mujer que cuando se casaron ella sabía donde se metía. Una docena de episodios después, y ante la imposibilidad de manejar su vida sin Carmela a su lado, él le pide que se planteé la reconciliación, pidiéndole perdón de nuevo y prometiéndole que ninguna de sus amantes volverá a llamar a su casa. Ella, resignada, sólo parece dispuesta a aceptar que su marido es lo que es, y nunca va a cambiar, si encuentra algo que la llene por completo, que ocupe su tiempo, y si es posible, también su bolsillo.

Carmela.- Resulta que hay un terreno en venta en Crestview, casi media hectárea. Estaba pensando que podía construir una casa y luego venderlo, teniendo a mi padre como socio. Quiero decir, que mi asignación es lo que es, pero….

Tony.- ¿Cuánto cuesta el terreno?

Carmela.- 600.000 dólares.

Tony.- Llamaré a Ginsberg y le daré una señal del pago.

Carmela.- ¿Y luego?

Tony.- Luego volveré a casa.

¿Quién quiere el divorcio cuando económicamente es más rentable seguir casado? ¿Quién quiere malvivir como una cuarentona soltera pudiendo seguir casada y con un negocio propio? Las crueles discusiones de pareja, las numerosas infidelidades y las lágrimas derramadas por culpa del tiempo desperdiciado salen por la ventana cuando el dinero entra por la puerta. Y Tony podía ser un hombre poco cariñoso, incorregible y exasperante. Pero nunca le faltaba un buen fajo de billetes con el que aliviar la situación, fuese cual fuese. Entonces ¿a quién le importa el sentimiento de culpa?

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Skyler White, la esposa del profesor de química

Al contrario que Carmela, Skyler White no tuvo que soportar nunca que alguien le echase en cara que sabía lo que hacía el día que decidió formar una familia con Walter. Convertido en el rey de la metanfetamina en un abrir y cerrar de ojos, el profesor de química más famoso de la televisión, decidió encauzar sus conocimientos hacia algo más provechoso que la enseñanza por un bien superior, el futuro de sus hijos. Encarnada por Ana Gunn, Skyler pasó de ser una simple ama de casa, testigo de la vida familiar, a lavar el dinero que su marido ganaba con el negocio de la droga, gracias a una idea suya.

Para recorrer esa distancia hicieron falta unos cuantos episodios y varios estados de ánimo, desde el rechazo al miedo, pasando por la negación y la aceptación, que llegó, pero bajo sus propias condiciones. Skyler fue testigo de cómo su marido, un hombre de apariencia simple, le advertía de que él era el peligro y aceptó, no sin antes advertirle del riesgo al que exponía a sus hijos, aquellos por los que Walter se reconvirtió laboralmente y dejó de ser un simple profesor. Como en el hogar de los Soprano, en la casa de los White también se vivieron momentos de desencuentro, y el cabeza de familia tuvo que abandonar el hogar por algún tiempo. Pero Skyler decidió ser partícipe de las fechorías de su marido, quizá porque era más fácil imaginar un futuro en el que no faltase el dinero. Al final, y aunque ella era la única que era consciente de la gravedad de los hechos, tuvo ver como su hermana y su hijo le acusaban de ser cómplice de las fechorías de su marido.

Flynn.- Si todo esto es verdad, y lo sabías, entonces eres tan mala como él.

A pesar de su colaboración en la causa de Walter, el personaje de Gunn no resultó cómodo para la audiencia, ya que siempre fue vista como una cómplice sobreprotectora que a la más mínima señal de peligro terminaría acabando con todo. No se le echaba en cara que no se hubiese ido, o que no hubiese acudido a su cuñado, sino el hecho de que se quedase y ejerciese el papel de molesto Pepito Grillo, ese que el propio Walter sacó a relucir frente a la policía para liberar a su esposa de toda responsabilidad. Pero el único delito de Skyler no fue lavar los millones que su marido obtenía por la venta de metanfetamina y, con menos remordimientos, fue capaz de engañar al propio Walter y al departamento de Hacienda.

Aunque Skyler siempre le recordaba a su marido lo que supondría para la familia que terminase en la cárcel, ella era capaz de ponerse en peligro, si la ocasión lo requería. En la cuarta temporada Ted Beneke visita a Skyler en el lavadero de coches, preocupado por la auditoría que en unos horas el departamento de la división criminal va a llevar a cabo en su empresa. Si bien en un primer momento no parece dispuesta a ayudarle, Skyler se da cuenta de que su nombre está en los libros de contabilidad de la empresa en la que ella misma trabajó tiempo atrás, lo que podría ponerle en problemas si deciden iniciar una investigación. Al dia siguiente Skyler aparece en la auditoría, en la que Ted trata de defenderse entre balbuceos, con ropa ajustada, un escote de vértigo y el socorrido rol de rubia tonta, a medio camino entre la estupidez y la inocencia. Cuando el inspector le pregunta por qué no están detallados todos los ingresos en los libros de cuentas, ella misma reconoce que cuando no existían cheques físicos, y las transacciones eran electrónicas, no las introducía en los libros de contabilidad. Y como el programa de contabilidad no “se ponía en rojo” significaba que estaba bien.

Ted Beneke.- No tengo muy claro lo que ha pasado ahí.

Skyler.- Lo que ha pasado es bueno. La ignorancia de la ley no es igual a delito, es igual a ignorancia.

Gracias a la ficción son muchos los que han descubierto recientemente que detrás de un peligroso delincuente, ya sea traficante, mafioso o estafador, se encuentra en muchas ocasiones una mujer que lo sabe y lo consiente. Lejos quedan ya los tiempos en los que éramos simples espectadoras de nuestras propias vidas, jugando un papel que no admitía ni preguntas incómodas ni respuestas airadas. Porque aunque es cierto que la monarquía es algo más propio de siglos pasados, ni la educación, ni el trabajo, ni probablemente los conocimientos de la Infanta Cristina, lo son. Y cómo con mucha madurez le replica el bueno de Flynn a su madre, si lo sabía, es tan culpable como él. Y si no lo sabía, quizá debería haber ejercido el papel de mujer moderna que reivindicó mucho tiempo atrás, casándose con un deportista y trabajando lejos de la Casa Real, y haberse hecho algunas preguntas. Aunque siempre es más fácil vivir en la ignorancia. Y también más feliz.

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