Todavía recuerdo cómo, a mediados de enero, cuando me senté a ver el primer episodio de True Detective me preguntaba cómo sería la esperada serie, si utilizaría flashbacks o tendría una narración lineal, si tendría algún personaje especialmente antipático o sí los escenarios serían lo suficientemente atractivos como para añadir a mi lista de sitios por visitar un nuevo lugar situado en suelo norteamericano. Todas las dudas obtuvieron respuestas, variadas y ligeramente cambiantes con el transcurso de los capítulos, pero el visionado semanal me supuso además un nuevo enamoramiento seriéfilo y la satisfacción de ver cómo en apenas tres meses la televisión había dado con un producto a la altura de las producciones más grandes. Ahora que ha terminado, además de retomar ese sentimiento de cierta orfandad, quiero, cómo seriéfila que soy, dejar por aquí unas cuantas conclusiones, que pasarán a engordar el derroche creador que la serie ha provocado en muchos de sus espectadores. No vaya a ser que quede algo que no se haya dicho ya.

True+Detective+1x04

– Rust Cohle tiene un lugar propio en el olimpo de los grandes personajes televisivos. Y es un lugar ganado a pulso, que lo ponen a la altura de seres como Walter White o Tony Soprano. Son pocas las ocasiones en las que los espectadores pueden encontrar en la televisión un personaje tan auténtico y único, que además tiene la fortuna de ser ejecutado por un intérprete en estado de gracia. Es discutible si en algunas escenas McConaughey parece estar sentado frente a un espejo, que le hiciese gustarse más y más, pero lo que no lo es es la esencia misma del personaje, su complejidad y su magnetismo, la capacidad con la que un hombre desquiciado y para el que la vida era un castigo conseguía cautivar a la audiencia, a pesar de su intenso discurso.

– Una historia común con un enfoque novedoso. Que la televisión quiera contarnos cómo es una investigación policial y lo difícil que resulta atrapar a los malos es tan viejo casi como el medio en sí mismo. Así que en principio, sobre el papel, más allá de la curiosidad por ver cómo se desenvolvían en la pequeña pantalla los dos actores, el atractivo se limitaba a la cadena responsable, la siempre venerada HBO. Pero Pizzolatto fue bien claro desde el principio, no le interesaban los asesinos en serie, y sus intenciones eran otras. De la mano de Fukunaga se tomó además la molestia de preocuparse de cuidar la fotografía, buscar unos paisajes espectaculares, contar con un reparto a la altura de las expectativas y editar la historia que nos quería contar de forma innovadora y emocionante.

– ¡¡Es la amistad, estúpido!! Reconozco que me sentí un poco estúpida cuando llegó el final de la serie y mis absurdas teorías sobre el posible culpable de los atroces hechos que con tanto detalle se nos había contado, se esfumaban en ese cielo estrellado en el que Marty y Rust depositaban sus sueños futuros. Y me di cuenta de que a pesar de que la producción se había esforzado por centrarnos en la investigación, esa no era su preocupación. Me queda la sensación de que hay una parte de la historia que está echada a perder, que con más capítulos, con otra temporada, o con no sé qué, podríamos haber descubierto dos hombres únicos a la vez que la historia cumplía con uno de los mayores goces del espectador, el de contemplar como la justicia llega a todos los rincones de la sociedad, y no se quedan unicamente con un tipo desequilibrado que durante mucho tiempo hizo y deshizo a su antojo. Aunque eso quizá ya lo hemos visto.

– El espectador es incómodo y siempre tiene razón. Si bien como acabo de comentar me quedó cierta sensación de vacío ante la falta de profundidad en la investigación una vez concluida, me parece injusto que nos levantemos en armas porque Pizzolatto no nos ha dado lo que queríamos, lo que esperábamos o aquello a lo que la televisión nos había acostumbrado. Para cuando hemos llegado a todo esto hemos tenido tiempo además de comprobar que hay gente a la que le molesta que algo bueno sea popular, otros a los que les parece que la euforia colectiva viene dada por la marca que está detrás del producto y algunos que simplemente creían que tanto ruido era una manera de formar parte de la corriente, aquello de lo que tenías que tener opinión si querías abrir la boca en la pausa para el café en el trabajo. También hay conspiranoicos en el mundo de la televisión. Pero más allá de los ríos de mala leche queda una producción única, difícilmente igualable, que ha convertido su segunda temporada en un regalo envenenado para aquellos que sean los elegidos.

– Pero se esfuerza y es agradecido con lo que va más allá de lo habitual. Además de sumergirnos en lo más profundo de la ya de por sí profunda Luisiana o de enseñarnos paisajes industriales como pocos lo habían intentado, Pizzolatto se ha esforzado por sostener su historia con elementos que no son habituales en la televisión. Y el espectador ha sabido responderle, excavando en sus conocimientos literarios, interesándose por el desconocido mundo del vudú o teorizando sobre la composición de las sectas, dedicándole un tiempo y un espacio que pocas veces se ve en el mundo de los seres televisivos. Otra cosa es que esos mismos espectadores se hayan quedado huérfanos de respuestas, ya que la gran cantidad de información que la serie les proporcionaba hacía preveer que habría respuestas para todos. Yo no creo que el creador sea el responsable de esa desazón, con True Detective simplemente ha pasado lo mismo que con otras producciones que crean unas expectativas similares, el espectador trata de anticiparse al desenlace final, analizando cada dato, y cada pista, como si de un puzzle se tratase. Y no lo era. Simplemente se trataba de contemplar el retrato de dos personalidades únicas y diferentes a las que la vida les sitúa ante momentos difíciles e inesperados. Y cómo sobreviven a ellos.

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