Tal día como hoy, hace 200 años, nació en la ciudad inglesa de Portsmouth uno de los mejores escritores de todos los tiempos, Charles Dickens. Autor prolífico y con éxito donde los haya, sus obras han llegado a todos los públicos y todos los continentes, ya sea en su formato original o en alguna de las muchas adaptaciones que el arte y el imaginario cultural popular han realizado de alguna de sus historias. Personajes míticos como David Cooperfield, Miss Havisham, Oliver Twist, la pequeña Dorrit, Charles Darnat o el Sr. Scrooge han llegado hasta nuestros días gracias a representaciones escolares navideñas, libros de obligada lectura, películas de cualquier época o procedencia y, como no, series de televisión que, si cabe, captan aún mejor la esencia episódica de las creaciones dickensianas.

Dentro de su programación navideña los espectadores de la cadena pública pudieron disfrutar de una nueva versión de Grandes Esperanzas, una de sus más admiradas creaciones, escrita en 1860. La obra ha sido llevada a la pantalla en una decena de ocasiones y en ésta ha contado con Ray Winstone, David Suchet, Douglas Booth y Gillian Anderson en el reparto. Dirigida por Brian Kirk la comentada adaptación, por infiel,  ha corrido a cargo de Sarah Phelps y se ha realizado en tres episodios. Uno menos ha necesitado Gwyneth Hughes para adaptar, y terminar, la obra inacabada del escritor inglés El Misterio de Edwin Drood. Estrenada el 10 de enero y protagonizada por Matthew Rhys, Freddie Fox y Tamzin Merchant, El Misterio de Edwin Drood es una de las obras más oscuras de Dickens.

La cadena estatal británica también contribuiye a las celebraciones del bicentenario del nacimiento del escritor con las versiones radiofónicas de otras dos obras, Historia de dos ciudades y Martin Chuzzlewit. Pero la BBC lleva ya muchos años revisando la bibliografía de Dickens en busca de inspiración. Y la búsqueda podría considerarse un éxito. En 2005, en un intento de reflotar un género que no pasaba por sus mejores momentos, la cadena llevó a los televisores británicos, tal y como la concibió Dickens, Casa Desolada, la novena novela del escritor que, curiosamente, también protagonizó Gillian Anderson. Un par de años después era el joven Oliver Twist el que daba el salto a la pequeña pantalla, en una adaptación que también corrió a cargo de Sarah Phelps, quien dotó a la serie de cierto aire contemporáneo.  En 2008 la BBC  y Andrew Davies adaptaron para la televisión La Pequeña Dorrit, una obra que únicamente se había llevado al cine. En esta sátira política, Dickens criticaba la situación de los presos y los trabajadores de la época, a través de las vivencias, una vez más, de un niño, en este caso, de la pequeña Dorrit que da título a la obra.

Son muchos los que señalan que, gracias a las obras del autor inglés, conocemos cómo era la Inglaterra de la época con el realismo y la certeza que a las crónicas oficiales no quisieron reflejar. A  pesar de que hecho en falta mi obra favorita, Historia de Dos Ciudades, es obligado reconocer que el empeño de la BBC por adaptar sus obras a la televisión, beneficiándose así de la capacidad creativa de un creador internacional, es encomiable, y siempre recomendable. Ahora sólo hay que escoger. O no.

“No ha habido tiempos ni mejores ni peores; eran años de buen sentido y de locuras; época de fe y de incredulidad”

El próximo lunes 6 de febrero la NBC estrenará (en televisión) una de sus grandes apuestas para este año, Smash. Sin embargo, el piloto de la serie creada por Theresa Rebeck, que por cierto tiene un curriculum más discreto de lo que esperaba, fue estrenada el pasado 23 de enero en el canal de Youtube de la cadena. Desde aquí mi más sincero aplauso a las cabezas pensantes de la NBC que, sabedores de lo que se traían entre manos, y en esta época en la que el boca-oreja se expande como la pólvora, lanzaron el anzuelo, sin engaños ni filtraciones. No sé si tú, lector, eres pez, pirata, o compañero de alguno de ellos, pero seguro que estás harto de oír hablar del musical ese sobre Marilyn Monroe. Si buscas mi opinión, seré rápida: si eres amante del género lírico, tienes que verla. Si los musicales te dan pereza,  también. Y si lo único que quieres es sentarte a ver algo interesante, bien hecho, con buenos personajes e, inexplicablemente luminosa, ésta es tu serie.

Vaya por delante que soy especialmente fan de este género que vivió su época dorada en hasta los años sesenta y recuperó su esplendor en el siglo XXI con películas como Moulin Rouge! y Chicago y series como High School Musical o Glee. Porque a pesar de ser de las que van por la calle tarareando lo que los auriculares ya dejan adivinar, mi cuadriculado razonamiento no concibe que alguien se ponga a cantar en medio de una conversación o en una aburrida tarde en la oficina. Los momentos musicales en Smash viene dados, ensoñaciones aparte, por el devenir de la propia historia y no resultan pesados o innecesarios, por lo que difícilmente puede disgustar a aquellos a los que el género ni fú ni fa.

El capítulo piloto de Smash narra de una forma ágil y creíble la aventura de diversos personajes unidos por un nexo común, un musical basado en la vida de la eterna tentación rubia, Marilyn Monroe. Por un lado Julia Houston y Tom Levitt son los creadores del libreto, nacido de la casualidad y sin demasiados apoyos, a los que acompaña sin querer, Derek Wills. Por otro Karen Cartwright, alma cándida natural de Iowa, e Ivy Lynn, una actriz veterana dispuesta a todo por un papel que parece hecho a su medida. Todos ellos dependen de la suerte de Eileen Rand, la productora musical que vincula el futuro de su próximo trabajo al devenir de su divorcio.

Con estas premisas, Smash ha dejado, entre aquellos que no han podido esperar al lunes, un excelente sabor de boca que el tramposo avance de temporada no ha hecho más que intensificar. Mi habitual y molesta prudencia cruza los dedos para que los próximos catorce capítulos mantengan un nivel similar al piloto, si no puede ser el mismo (o mayor, ¿por qué no?) Aunque debo de reconocer que yo misma he dejado de ver una serie por la que aquí mismo derroché unas líneas optimistas. No importa, si la suerte no acompaña, siempre nos quedará ese mágnifico episodio que cuenta con los ingredientes necesarios para procurarse la envidia de películas y series y enganchar a cualquier buen seriéfilo. E, insisto, dejar en el ambiente, esa sensación optimista, luminosa, diferente.

Una de las cosas positivas que debe de tener la fama es que, cuando la has alcanzado, todo cuesta mucho menos trabajo. Así que cuando haces una buena serie, llegar a la gran pantalla, que tus trabajos estén entre los más esperados o firmar contratos delirantes está a la orden del día. El último ejemplo del castizo “Cría fama y échate a dormir” es J.J Abrams, un hombre que en los últimos doce años ha producido una decena de series y más de la mitad de películas, además de escribir y dirigir alguna de ellas. Por todo ello el estreno de Alcatraz se ha convertido, una vez más tratándose de Abrams, en uno de los acontecimientos televisivos de la temporada. Y aunque aún tiene pendiente su estreno a escala mundial, a España llegará en febrero, la serie, para bien o para mal, dará que hablar. En este caso me temo que no va a ser para bien.

Y es que después del tercer capítulo  creo que abandono, porque la fila de series por ver ya es lo suficientemente larga e incluso tengo el cupo cubierto en la de series para no pensar. Porque, aunque el último episodio resulta menos simple que los anteriores, gracias al trabajo de los actores invitados,  Alcatraz ni siquiera me ha invitado a quedarme un rato y preguntarme de dónde han salido los presos viajeros y quién los maneja. Y si la mayor intriga me preocupa poco, Rebecca y su vínculo familiar o Diego Soto y sus traumas infantiles menos, por predecibles y por típicos.  Y abandonaré porque no me apetece derrochar cuarenta minutos en un procedimental que si se ciñe a las exigencias del guión, y la cadena lo respeta, se perpetuará a lo largo de 302 episodios…. Es broma. Espero. El caso es que en tres episodios, o incluso en menos, me han molestado en exceso las avinagradas poses de Sam Neill, el insulso trabajo de Sarah Jones y el ritmo forzado, los guiones obvios y la insultantemente lostiana banda sonora.

Supongo que es uno de los inconvenientes de la fama, que nunca dos creaciones son iguales y quizá sea hora de enterrar el baremo Lost con el que, erróneamente, medí(mos) ciertas series con unos ingredientes comunes. Porque aunque yo aún no andaba por los lares seriéfilos cuando se estrenó la serie estrella de J. J Abrams, esto no huele a mejora, por lo menos en una temporada. Alcatraz recuerda a Lost y no lo es, quiere parecerse a Fringe y no puede. Olvidándonos de la vara de medir, Alcatraz está bastante lejos de las buenas sensaciones que dejó el tráiler, allá por primavera, y no parece que vaya a llegar más lejos que cualquier procedimental mucho menos publicitado y seguramente más creíble.  Pero claro, es Abrams.

Sólo hay algo peor que estar viendo una serie y darte cuenta, de repente que ha dejado de gustarte, que ya no es lo que era… Que te guste una serie que ha terminado prematuramente. A finales de diciembre la cadena nortemericana HBO cancelaba How To Make It in America, comedia producida por los padres de Entourage. Y con ello las ilusiones de quienes esperaban noticias de Ben y Cam en otoño, y de los que nos sumamos a esta aventura conociendo su triste final. Aunque siempre queda la esperanza “FNL” y es que una cadena caritativa eche un vistazo a los comentarios de sus fans y se haga cargo de la serie. Mientras tanto los huérfanos del primer trabajo de Ian Edelman, nos quedamos con la incertidumbre propia de quién no tiene noticias después perseguir junto a un amigo un sueño común.

Y es que los jóvenes protagonistas, interpretados por los prácticamente desconocidos, Bryan Greenberg y Víctor Rasuk, personifican el triunfador sueño americano en la ciudad perfecta, Nueva York. Y sin querer, pero especialmente si eres amante de la fotografía contemporánea y sueñas con conocer algún día la Gran Manzana, te interesa la vida de estos dos jóvenes soñadores que quieren triunfar en el mundo de la moda con su propia marca, Crisp. A su alrededor, unos amigos singulares, novias y “proyectos de” y los seres contra los que día tras día hay que luchar: un jefe pelma, al que le sigue una jefa engatusadora o un tío violento.

Éste último es, quizá, la mayor pega de la serie. Las aventuras de René Calderón, tío de Cam, prestamista, ex-convicto y con dudoso gusto para los negocios, se antojan prescindibles en muchas ocasiones y cuesta comprender que tenga tanto espacio en la trama, en perjuicio de personajes que podrían haber sido mucho más interesantes como Rachel o Kappo. Las historias a las que la ¿ex-novia? de Ben, interpretada por Lake Bell, y el curioso broker de Nueva York, Eddie Kaye Thomas hubieran dado lugar serían, in my opinion, más interesantes, especialmente si tenemos en cuenta el target de audiencia al que parecía destinado la serie.

En cualquier caso, siempre se sobrevive a un personaje molesto si la historia es interesante, los personajes gustan y acompañan la fotografía y la banda sonora. Vaya como muestra la intro de la serie, en la que Aloe Blacc canta “I need a Dollar” sobre retratos de la vida neoyorquina. Esa vida que tantas veces hemos visto en el cine y la televisión, que alguna vez, bien dormidos, hemos soñado, con sus rascacielos, sus calles atestadas y su tráfico imposible. Para aquel que dijo que ésta era la serie de los que, algún día querían conocer Nueva York, está hecho. ;-)

Se ha obrado el milagro, y ahora estoy enganchada a una comedia. Lo he hecho en silencio, sin dejar constancia en esa herramienta sólo práctica para las personas con escasa memoria, Miso, simplemente porque fracasos previos hacían el éxito de la aventura algo poco probable. He estado sin pregonarlo hasta hace unos días, cuando las carcajadas mientras ves los capítulos hacen inevitable que las recuerdes en las situaciones más absurdas y los momentos más inesperados. E incluso me he sorprendido a mí misma dudando de la realidad y de la ficción y pregúntandome si el terrible y fogoso Zorp formaba parte de este mundo, o del catódico. Señoras y señores, si en algún momento de mi vida trabajo para la administración, a falta de poder ser en la Casa Blanca del presidente Bartlet, que sea en el departamento de Parques y Recreaciones de Pawnee, Indiana. Porque con el paso de los capítulos, el pulido de los guiones y la definición de los personajes, es inevitable no querer a Parks & Recreation.

Son muchas las razones que los amantes de esta serie tiene para conocerse sus diálogos, usar sus imágenes como avatares o recomendarla al primero que pase. Aquí quedan las mías:

- Leslie Knope. Que levante la mano quien no quiera ser amiga de esta mujer obstinada, un poco cabeza loca, obsesionada con el gobierno, enamorada de la ciudad que le vio crecer y que nunca se rinde ante un no como respuesta. Esta joven que aspira a ser la primera Presidenta de los Estados Unidos y que idolatra a toda mujer con capacidad de mando, te conquista el corazón con sus ideas absurdas, su desbordante optimismo e incluso su comportamiento infantil. Lo mejor y lo peor del político medio queda dibujado por una Amy Poehler que me costará ver en otro papel.

- Ron Swanson. Su antítesis laboral, jefe y sin embargo amigo, es uno de los personajes más rotundos y radicales que yo he visto en mucho tiempo. Con frases como “Los cumpleaños fueron inventados por Hallmark para vender tarjetas” y perlas mucho más desvergonzadas y violentas, este hombre maduro cuyo mayor interés es no mostrar interés se descubre, con el paso del tiempo, y sin lugar al drama, como “el padre” de una panda de seres a cada cual más insensato.

- El (insensato) grupo de acompañantes. Una enfermera inocente se convierte sin querer en la mejor amiga de Leslie, que trabaja con un joven con ínfulas de protagonista, un hombre maduro con aires de fracasado, una afroamericana vital, y conductora de un Mercedes, y una joven cínica y oscura. Esos son Ann, Tom, Jerry, Donna y April, que junto al impredecible Andy Dwyer se enredan en las siempre sorprendentes aventuras de Leslie Knope.

- Las nuevas incorporaciones. El final de la segunda temporada deja entrever que la serie va tomando forma, pero la llegada de Rob Lowe y Adam Scott, es un brillante aditivo a ese abanico de personalidades que forman los arriba citados. Su presencia ha aportado verborrea y timidez, ejercicio y responsabilidad y una multitud de tramas que sin duda, contribuyeron al crecimiento de la serie.

- Fiestas paganas y de guardar. Como todo pueblo que se precie, como buenos estadounidenses y como personas que son, Leslie y compañía celebran fiestas con cierta asiduidad, con lo que el alcohol, la música y los disfraces aportan a un buen capítulo. Ya sea en forma de cumpleaños, boda o un agitado Halloween, reviviendo la maltrecha economía de Pawnee o lanzando al mercado Snake Juice (¡ese capítulo!).

- Little Sebastian.  Por si todo lo anterior fuese poco, la apacible localidad de Pawnee cuenta con una peculiar mascota, Little Sebastian. Un pequeño caballo (con pinta de pony) es adorado por cada ciudadano con un fervor, a veces incomprensible. Los capítulos en los que este pequeño animal se convierte en protagonista principal, el elenco de actores habitual pierde, cómicamente, su capacidad de raciocinio.

- Los visitantes. La lista de actores recurrentes e invitados con los que Greg Daniels y Michael Schorr obsequian a los fans de la serie forma un completo casting. Comediantes como Louis C.K o Matt Besser, actores como Ben Schwartz o Pamela Reed y jugadores de baloncesto como Detlef Schrempf o Roy Hibbert complementan un reparto con experiencia, pero mayoritariamente desconocido para el gran público.

- Knope 2012. Porque ayer, con el regreso de la cuarta temporada, comenzó el despliegue de las armas políticas de esta mujer nacida para servir a la sociedad, y ello puede dar lugar momentos brillantes que quizá humanicen a los dirigentes, y sus campañas electorales, o quizá, los hagan aún más absurdos.

- Pwanee, sus alocadas historias tradicionales y legendarios murales del ayuntamiento, en los que cuentan cosas horribles sobre la expulsión de los indios y el asentamiento del hombre blanco en aquel remoto lugar de Indiana, por su fría enemistad con Eagleton, sus “mini-parques” y sus molestas zanjas, su Zoo y, cómo no, por sus reuniones de vecinos.

- Por último, aunque no menos importante, porque los padres de Parks & Recreation fueron productores ejecutivos en The Office y eso quiere decir algo. Porque si te gustaba la serie protagonizada por Steve Carell, P&R nació como un spin-off suyo. Y si no, como a mí, porque esta es la viva prueba de que puedes odiar a Michael Scott y querer a Leslie Knope aunque, casi, tengan el mismo padre.

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